Cuando América descubrió a Europa

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Libro reseñado: 

Las máquinas del imperio y el reino de Dios. Reflexiones sobre ciencia, tecnología y religión en el mundo atlántico del siglo XVI.

Datos libro: 

Mauricio Nieto Olarte; Universidad de los Andes, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Historia, Bogotá, 2013, 288 págs.

La historia de América puede ser tan prodigiosa y desconcertante como el encuentro de Mark Twain con los dos cráneos de Cristóbal Colón exhibidos en un museo de La Habana. Twain concluyó entonces que uno de los cráneos había sido de Colón cuando era niño y el otro cuando era hombre. Pudd’nhead Wilson –o Wilson ‘Cabeza-de-pudín’–, el personaje de Twain que hizo del absurdo un estilo y se burló de este mundo a través de su locura, también se atrevió a decir, evocando a Colón, que fue maravilloso descubrir América, “pero hubiera sido aún más maravilloso no descubrirla”. ¿Cómo no encontrarla o, al menos, tropezarse en un barco con ella, cuando estaba ahí antes de que Colón fantaseara con una ruta más breve que lo llevara hacia Oriente y de que el tiempo anunciara que fue un “descubrimiento”, según el que imponga el término de quién descubre a quién, otorgándose el derecho de ver lo que ya existía como si fuera la primera vez? Una respuesta certera y desmesurada a la historia del encuentro por el que América descubrió a Europa, se revela en una frase que escribió, a mediados del siglo XVI, el cronista español Francisco López de Gómara en su Historia general de las Indias: “La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crio, es el descubrimiento de las Indias”. A partir de una idea tan rotunda para comprender la empresa náutica que reinventó la extensión del mundo a finales del siglo XV, el historiador de la ciencia que nos descubrió América, Mauricio Nieto Olarte, recorre en Las máquinas del imperio y el reino de Dios los alcances marítimos, científicos,políticos e imperiales de España en un siglo que alargó el horizonte y sus dimensiones, estremeciendo la firmeza de libros como la Biblia cuando sus lectores no lograron encajar la nueva naturaleza que respiraba en América con ilusiones fantásticas como el arca a la que Noé no pudo embarcar jamás, porque no los conocía Dios, animales del Nuevo Mundo tan fabulosos como el armadillo, el manatí, el pingüino o la iguana. El paisaje americano fue una evidencia en contra de las tradiciones que definían a Europa y confrontaron su mapa con lo que habían trazado hasta el siglo XV los cartógrafos. Se tiene entonces en el siglo XVI otra visión del mundo y la idea de “civilización” es un pretexto para colonizar y domesticar una realidad que desequilibra la armonía de lo establecido. 

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