Un biógrafo muy singular y divertido

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Libro reseñado: 

El cuervo blanco

Datos libro: 

Fernando Vallejo; Alfaguara, Bogotá, 2012, 379 págs.

Puede ser contradictorio, pero Fernando Vallejo nos acostumbró a leerlo sin ser indiferentes. Vallejo escribe bien, porque provoca, sacude, incomoda; exige lectores que se esfuercen. Dicho de otro modo, no es fácil leerlo, así divierta con sus retahílas. Imaginen ustedes un lector recatado, sobrio y católico; a ese no le será fácil leer el vapuleo constante contra la institución católica ni la exaltación de las prácticas homosexuales ni los excesos de los asesinos atados a los del narrador. Eso sucede, más o menos, con sus novelas y con sus jerigonzas contra los papas y las instituciones religiosas. Algo semejante sucede con sus biografías. Fernando Vallejo es un gran biógrafo, imposible poner eso en duda, ahora, cuando acumula por lo menos tres libros reconocidos, consistentes y que reúnen una singular manera de abordar la escritura biográfica, tan llena de desafíos, tan difícil de practicar y tan inexplorada en nuestro medio. Es un biógrafo serio; no es un embaucador, ni se queda en el camino intermedio entre la verdad y la ficción. La solución que propone es aquella que considero muy próxima de lo que se puede llamar “biografía histórica”; una variante del género, resultado, a mi modo de ver, de mezclar con lucidez, sapiencia y esmero, una documentación tenaz y confiable con una escritura muy persuasiva, con la construcción de una trama muy convincente. Pero esto es apenas un esbozo de definición por el que pasa y no se queda la obra del biógrafo Vallejo. Estamos ante un autor que propone algo más que eso. Así es, Vallejo ha construido su propio modelo de escritura biográfica. Reúne una obra que exige examinarla como un mundo aparte, como algo que posee su propio repertorio de símbolos y signos, de efectos narrativos, como algo que encierra un estilo, una singularidad. Digámoslo así: escribiendo biografías, Fernando Vallejo se ha ido escribiendo. Definiendo las vidas de otros, se ha ido definiendo a sí mismo, porque ha creado su universo narrativo y ha delineado una trayectoria que le es inherente. ¿Por qué? Porque él escribe biografías a su manera; a partir de unas premisas que son las del género, él las explota y va más lejos. Se ciñe a lo bá- sico, pero agrega su propia personalidad y deja su sello que lo singulariza. Él escribe y se escribe, por eso estamos ante biografías de escritor. No son biografías de novelista o biografías escritas por un historiador o por un periodista. Son biografías en las que el escritor despliega todo su repertorio de signos. Hay una primera gran decisión de escritura en sus biografías que las hace únicas; él no hace ninguna división temática; no hace ni ofrece fracturas temporales. Él le apuesta a una fluidez permanente, sin saltos, sin suspensos, sin etapas. Eso es, al tiempo, una concepción de la escritura y una concepción de la vida. Esa ya es una primera gran exigencia para los lectores que sienten que no hay concesión, que no hay interrupciones que aligeren la lectura. La vida humana es una escritura y una lectura. La vida es un flujo constante que puede atraparse en cualquier punto. En cualquier punto deja la sensación de que puede seguir fluyendo, que puede seguir pasando; que la vida comienza o termina en cualquier parte. En la biografía sobre José Asunción Silva ese fluido es casi redondo, comienza y termina el libro con la misma evocación. En El cuervo blanco la redondez del relato es mucho más evidente, comienza y termina con el recuerdo de una caminata, aunque no sea la misma caminata, al cementerio del Père Lachaise en París: “Bajé en la estación del Père Lachaise, caminé unas calles y entré en la ciudad de los muertos…”. 

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