Nada es fácil en Ciudad Andina

Tipo: 

Tema: 

Autor: 

Libro reseñado: 

Iménez

Datos libro: 

Luis Noriega; Taller de Edición Rocca S. A., Bogotá, 2011, 194 págs.

Ciudad Andina cuenta con un sistema de privilegios público, estrictamente reglamentado y muy atractivo, al que todos los habitantes de la ciudad pueden acceder en algún momento de su existir. Sin importar qué tan difícil haya sido hasta entonces la vida de un sujeto, de dónde provenga o cuál haya sido su historia, todos pueden elevar una solicitud de ingreso, la cual será evaluada en su momento por la Unidad de Determinación de Vacantes. De haber lugar dentro del sistema, el aspirante podría ser aceptado y desde entonces le sería posible disfrutar de los privilegios y ventajas propias de la condición de afiliado. Sin embargo, la circunstancia irrenunciable de tener que solicitar de manera voluntaria la cesación del contrato antes de cumplir los cuarenta y cinco años o, en su defecto –al haber incurrido en vencimiento de términos– recibir la visita de un ejecutor, quien sin mayores ceremonias lo obligaría a cumplir su compromiso, teñía tal determinación tan sugestiva, con una sombra de fatalidad que la empañaba. Pero, como bien decía cada que le era preciso el ejecutor Iménez, protagonista de la inquietante novela que nos presenta el escritor Luis Noriega, las cosas no eran fáciles por aquel entonces, pues de haberlo sido, Ciudad Andina no existiría. Sí existía, a no dudarlo. Allí estaba, una cúpula protectora que aislaba a sus habitantes del horror del mundo externo con sus enfermedades mortales, su carencia de alimentos y de aire, su terror cotidiano, sus subterráneos gaseados con venenos letales a fin de controlar el avance terrible de las ratas, responsables directas de la extinción de las vacas, de los perros, de los gatos, y de cualquier ser vivo que pudiera aportar una mínima dosis de nutrientes. Por eso vivir dentro de los muros de la ciudad era tan apetecido, tan envidiado, y por eso las solicitudes de afiliación siempre estaban llegando a las oficinas de la unidad, a pesar de los pesares. Pues aunque se sabía que la sonrisa con la que los recién afiliados tomaban posesión de sus apartamentos y sus muebles, de sus refrigeradores bien surtidos, de sus reservas de café y tabaco, se convertirían un mal día en una mueca de terror ante la presencia de los ejecutores con sus pastillas de la muerte y sus armas desintegradoras, siempre había nuevos candidatos para engrosar las filas de los privilegiados con fecha de caducidad. Pensaban, quizá, que el tiempo no correría para ellos, que podrían escapar de alguna manera inverosímil y alcanzar la legendaria tierra de Galápagos, que podrían engañar o vencer a los ejecutores, o que al final la muerte no les asustaría. Pero nada de eso era posible. La cúpula, que protegía, era además una cárcel con un sistema de seguridad inexpugnable, y dentro de ella los afiliados, sometidos voluntariamente a los más estrictos tratamientos de infertilidad, veían cómo sus días de felicidad se iban sumando unos a otros y cómo la fecha última, el momento en que deberían hacer esa llamada definitiva, estaba mucho más cerca de lo que nunca pudieron imaginar. 

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