La peor de todas

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No hubo cielo

Datos libro: 

María Posada Restrepo; Fondo Editorial Universidad Eafit, colección Letra x Letra, Medellín, 2011, 190 págs.

No hubo cielo comienza de manera dramática:

Son las diez de la noche de mi último viernes.

¿Hasta cuándo se tiene conciencia de la vida que se deja?

Sentada en el borde inferior de la cama,

me inclino sobre la pared para sostener el cuerpo;

la escopeta sale de mis rodillas,

la boca del arma está en mi cabeza; la culata,

cuñada entre mis pies, descansa en el piso.

Las manos sin vida tocan el arma. [pág. 13]

A partir de la evidencia del suicidio, asistimos a un relato signado por la religiosidad y la violencia, que se nos presenta a través de cartas y de unas memorias escritas en circunstancias difíciles, cuando la vida de Margarita de los Ángeles Vásquez ha dado tantas vueltas, que la única salida que encuentra es terminarla, oculta en un cuarto de baño que se usa como bodega de abonos y bultos de café. Una existencia que comienza y termina en el municipio de Pacuayán, suroeste antioqueño, en la hacienda La Pasiflora, nombrada así porque los miembros de la familia toman infusiones de la también llamada “flor del sufrimiento”, para controlar la “melancolía congénita” que los afecta. Hija de un matrimonio tradicional y acaudalado, crece condicionada por el miedo al pecado y el deseo de fortuna del padre: “Papá pedía más, más café, más ganado, más tierras. Mamá soplaba brasas hasta que ella y ellas se incendiaban de ira. Mis diez hermanos y yo no queríamos café, no queríamos más ganado, más trabajo, más tierras. Queríamos jugar, queríamos tomar chocolate” [pág. 21], sintetiza Gloria María Posada Restrepo, mostrando, además, que el café era una bebida ajena a las costumbres de sus cultivadores. La madre, presencia bienhechora durante la mayor parte de la novela, virgen por condición natural a pesar de su muy antioqueña fertilidad, consigue que asista a la escuela y que, gracias al café que NARRATIVA roba a su marido, su hermano Evelio “regale” periódicamente útiles escolares y algún juguete a sus hijos. En esa propiedad rural, usurpada a los indígenas de la región, también sabe la protagonista de la ablación de la que es objeto una de sus compañeras de juego, Zorany Tascón, por razones superiores de una cultura tan erotófoba y machista como la suya, la embera-chamí: 

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