Las dádivas del cuento

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Autor: 

Libro reseñado: 

La orfandad de Telémaco

Datos libro: 

Elkin Restrepo; Sílaba Editores, Alcaldía de Medellín, Secretaría de Cultura Ciudadana, Medellín, 2011, 207 págs.

Con un total de veintiocho relatos, el nuevo libro de Elkin Restrepo abarca gran diversidad de motivos que ilustran la prolífica imaginación del autor. Los temas de los cuentos varían enormemente: en “Una mentira inventada”, se ocupa del análisis fantástico que hacen unos niños con ocasión de un asesinato; en “Un viajero constante”, de la pasión de un coleccionista de documentos antiguos; del engaño en “El falso judío”, o en “El indigno”; del arte como pretexto para una historia trágica en “La muchacha que leía a Paul Celan”; de un sicario perdido en Australia en medio de la bruma en “Un día oscuro”; del suicidio; de la ciencia ficción; de una historia de un perro llamado Casanova, en fin, los tópicos se multiplican. En este sentido, no podría hablarse de una unidad temática, sino más bien de una unidad de estilo. En el lenguaje pervive la impronta del poeta, en ocasiones aunada al relato como recurso para resolver algunas de las tramas, con lo que enriquece de forma inusitada el cuento y otras veces en forma de imágenes que aparecen en medio del relato. Un buen ejemplo del primer caso es “El pasajero”. Un incidente cualquiera –el encuentro de una pareja con un desconocido– produce una serie de sentimientos contradictorios en los personajes: confianza y añoranza en él; miedo, rabia y rechazo en ella. Mientras tanto, como telón de fondo, aparece el paisaje campestre bañado por la luz de la luna que impregna el relato de un aura mágica. Un encantamiento que se acrecienta gracias a la hora, es de madrugada; al sitio, están en las afueras de la ciudad y en la mitad de la nada; y a las circunstancias, la soledad y el extrañamiento que siguen al regreso de una fiesta. Entonces, de manera sutil, asoma el misterio asombroso de la vida envuelto en las palabras ignotas del pasajero, cuya cadencia las vuelve música y conmueve como solo el arte sabe hacerlo. En ese momento se liman las diferencias, cesa la lucha de todos esos sentimientos en conflicto y se impone una comunicación en la que la armonía brilla y une y silencia, prodigando paz y gratitud: en su interior algo le decía que había que intentarlo, permitiendo tan solo que aquella música incesante entrara en su corazón sin prevención alguna. Y aunque lo que escuchaba, no lo entendía, era claro a la mente su sentido, tal como lo es un canto gregoriano o una cantata de Bach al más palurdo de los hombres. Claudia, tocada de igual manera, ocultó el rostro entre sus manos y lloró y lloró porque, sin esperarlo, luchando incluso contra ella, una felicidad muy grande la embargaba.

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