Una luz desde el abismo

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Libro reseñado: 

El artista del silencio.

Datos libro: 

Giovanni Quessep; Caza de Libros, Agenda Cultural del Gimnasio Moderno, colección Los Torreones, Ibagué, 2012, 67 págs.

Soy el último hombre que

grita sobre la tierra

que grita al cielo que se ha ocultado

para siempre

y habría de negarlo a quién,

¿a Dios? acaso Dios es el artista del silencio

de tantas hojas que no son o siguen

cayendo al abismo…

Quizá sea esta interrogación a Dios, “el artista del silencio”, imagen poderosa con la cual el poeta Giovanni Quessep da nombre a este volumen de poemas, el centro más sensitivo en torno al cual se articulan, de una manera u otra, las treinta piezas poéticas que lo conforman. No es de extrañar. A lo largo de una de las obras líricas de mayor consistencia y hondura de nuestra historia literaria, el universo de lo sagrado siempre ha estado presente. Sea como una sombra tutelar desde la cual se contempla la realidad sorprendente del tiempo, sea desde la constatación vertiginosa de lo abisal y lo misterioso, sea a partir de la experiencia conmocionante de la luz y del canto, la pulsión de acceder a la conciencia del universo ha acompañado su trasegar poético. Aquí, en este poemario en el cual las presencias fabulosas y, simultáneamente, mínimas y discretas, se ordenan como otras tantas maneras de bordear las proximidades del absoluto. Tampoco aquí el poeta Quessep condesciende a enfocar las presencias prosaicas de la vida. Todo su universo creativo se constituyó en el centro de una vocación radical por la nobleza, la insustancialidad y la espiritualidad. Ese flujo de acontecimientos que en el día tras día nos constituyen como seres del cambio, de la mudanza y de la obsolescencia, estuvo siempre lejano de sus intereses. A él le importó siempre, desde sus primeros momentos, las metáforas del alma. El alma, con su pleno desfile de maravillas y terrores, con su vocación de abismo y su ansia de levedad, se ubica en un espacio al cual los estilos de época, las transformaciones de la historia, los modos innumerables, aunque previsibles, de la realidad tangible, no consiguen allegar. Al final, como él mismo lo ha expresado en diversos momentos, esa “transfiguración de la realidad” vuelve sobre sí misma, se autoconstituye y se enfoca, y al hacerlo consigue afirmarse de una manera rotunda y poderosa, pero en el reino de las palabras que son presencia y están ahí, inventándose frente a nuestros ojos, el espacio que se abre y despliega es lejano del mundo, autónomo, insustancial. El poeta ha querido siempre habitar un territorio en el cual el espíritu humano se exprese a sus anchas, sin restricciones ni cortapisas, pues es ese ámbito, y ningún otro, aquel en donde la vida puede construirse. Pero si esta ansiedad por lo sagrado ha estado presente a lo largo y ancho de todo su trabajo poético, en este volumen en particular, adquiere características definitivas. Pues la conminación a Dios y a su silencio se hace desde la experiencia límite del que se sabe al borde de lo posible, cruzando los últimos umbrales rumbo a un nunca jamás. El cielo “se ha ocultado para siempre” y “el alma es polvo” mudo y reducido al silencio, que cose mis labios con su canto abismal, que no encuentra la salida ni hacia el fondo culpable de mis huesos ni hacia el cielo que alguna vez tuvimos.

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