“Cápsulas dinámicas”, para un singular bestiario

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Libro reseñado: 

Bestiario

Datos libro: 

Restrepo Restrepo; Universidad de los Andes, Facultad de Artes y Humanidades, Departamento de Humanidades y Literatura, Bogotá, 2014, 63 págs., il.

Bestiario, libro de poemas, es la primera obra literaria de Beatriz Restrepo Restrepo, quien trabaja con la literatura todo el tiempo, ya que es profesora de la Universidad de los Andes y ostenta estudios literarios en Francia, amén de que “se ha especializado en el estudio del lenguaje poético y de la poesía colombiana”, etc. Es grato encontrar una primera incursión así en la esquiva poesía. En estos textos hay levedad, humor e inteligencia, al menos en una buena cantidad de ellos (son un poco más de cincuenta), y pienso que su autora no se ha andado con afanes para publicar. Puede, incluso, que no le hubiera hecho falta hacerlo antes. Aunque en apariencia no revelan una gran elaboración (lo cual, de paso hay que decirlo, es uno de los mayores logros de la buena literatura), se ven precisos como pequeñas piezas ajustadas a un propósito determinado. En este caso, a la descripción o al apunte sin rodeos de sus “bestias” que va hilvanando de a poco, en estricto orden alfabético, quién sabe bajo qué método; uno que, en todo caso, no deja adivinar. Asume como “bestias” lo que comúnmente llamamos “bichos”, tales como (y aquí viene parte del contenido de sus títulos) abejas, babosa, cigarras, libélula, mariposas, mosca, polillas, zancudo, garrapata, y escribe también sobre animales más “temibles”, como caballo citadino, garzas, gato, perro, toro jarameño, vaca, tigre. Hay una gracia risueña en casi todo lo que escribe de sus bestias, como en “Garcilla bueyera”: Se pasea sobre el lomo de los bueyes. Mira como quien se asoma al paisaje y cree de veras que es dueña de su destino. [pág. 20] Juega, le da facultades a la pequeña garza, como si hablara de alguien que se sube a una montaña, digamos, a disfrutar el paisaje, pero al final nos hace saber que su indefensión no le da para ser “dueña de su destino”. Digo esto consciente de que me tiro en el poema, con la intención solamente de resaltar que la autora no es inocente o no toma por inocente a su lector. Al contrario, le pide malicia. Como ocurre en “Ave Fénix”: Su muertecita es igual a una muerte. Su resurrección no tiene nombre, ni límite. [pág. 8] Le pide al lector, de manera tácita, que conozca el mito del ave fénix y que sepa (el conocimiento es placentero), por tanto, que ese ave “renace de sus cenizas”. Similar ocurre con “Venados”: Llevan el sol en sus espaldas, iluminan el cielo con coloraciones doradas cuando salen a comer, en las tardes, antes de caer la noche. [pág. 46] Aunque el pequeño poema tiene gracia en sí mismo y no está exento de misterio (“iluminan el cielo con coloraciones doradas”), creo que el lector encuentra mayor disfrute en su lectura cuando sabe que a lo que se refiere la autora es al “sol de los venados”, esa frase hecha que alude a ciertos momentos –de no todos los días– de las cinco o cinco y media de la tarde de luz terrosa, privilegio momentáneo de los sentidos, y cuyo uso parece darse en muchas partes, aunque encontré una bella explicación de esos atardeceres en Bogotá, en los cuales los venados se daban un gusto especial con el color de la luz, antes, claro, de que todo se llenara de edificios y casuchas por doquier. Tal vez sea exagerado (sin duda lo es) pensar, como pienso, que estos textos tienen una risueña y desprejuiciada cercanía con los poemas de la polaca Wisława Szymborska. Pero no solo en el “dejo” que ellos revelan, sino también en esa manera indirecta que tiene la nobel para referirse a ciertos asuntos (de paso: si el lector no ha leído nada de sus Lecturas no obligatorias, que son las reseñas de libros que publicaba en POESÍA periódicos de Polonia, no puedo sino sugerirle que lea algo de ahí en cuanto pueda), como cuando escribe de libros, en cualquier materia, y a veces casi ni habla de sus contenidos, no obstante resultan ser unas magníficas, libres y humorísticas reseñas, pero ante todo en muchos de sus poemas en los cuales, sin decir nada trascendente –en apariencia– de asuntos muy trascendentales, da con gran acierto en textos penetrantes que aluden la realidad, a la vez que la desdibujan con un gesto entre la ironía y a veces el terror.

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