Un libro notable

Tipo: 

N° revista : 

Boletín Cultural y Bibliográfico 88

Tema: 

Autor: 

Libro reseñado: 

Nikolaus Joseph Jacquin’s American Plants. Botanical Expedition to the Caribbean (1754-1759) and the Publication of the Selectarum Stirpium Americanarum Historia

Datos libro: 

Santiago Madriñán. Brill, Leiden - Boston, 2013, 425 págs., il.

Cuando José Celestino Mutis llegó a Cartagena, en 1760, había sido precedido por otro viajero europeo, también historiador natural, pero a la orden de otro monarca. Nicolás José Jacquin fue enviado por el emperador Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico quien, de su puño y letra, ordenó que le trajeran desde pájaros hasta conchas y monedas. Esos objetos serían un símbolo del poder de su imperio, así como de la sabiduría de su monarca. El 27 de marzo de 1758, Jacquim llegó a Cartagena. Los tesoros que le llevará al emperador los encontrará en las islas del Caribe y en las costas de la actual Colombia. Su trabajo de identificación y sistematización de la flora le darán a conocer como el “Linneo austríaco”. El libro de Santiago Madriñán se inserta así en una larga y amplia tradición de literatura histórica sobre expediciones y viajeros en Colombia y la Nueva Granada. La bibliografía en efecto es amplísima: trabajos de botánicos interesados en la historia como Enrique Pérez Arbeláez y Santiago Díaz Piedrahita; estudios históricos como los de Jorge Arias de Greiff, Renán Silva, Efraín Sánchez, Michael Zeuske y, muy recientemente, Nancy Appelbaum; análisis desde la sociología de la ciencia de Olga Restrepo, José Antonio Amaya y Mauricio Nieto. La lista no es ni mucho menos exhaustiva y seguramente seguirá creciendo, entre otras razones, porque los viajeros también permiten contar historias ‘de aventuras’. Sin duda, eran tiempos y parajes peligrosos y este libro sobre Jacquim lo recrea con la pasión de Emilio Salgari. En efecto, el “vienés” (nació en Holanda de familia francesa) debió sobrevivir a los ataques piratas que pusieron su vida en riesgo, huracanes que se llevaron parte de lo recolectado y enfermedades que lo postraron casi hasta la muerte. Aunque viajaba con una presentación escrita por el emperador, como embajador del Imperio, la guerra entre Francia e Inglaterra se atraviesa en forma permanente en su empresa. Por último, tras cinco años de exploración, regresa a Europa con siete naves a través de distintas rutas para evitar la pérdida total de la valiosa y sufrida carga: aves, mamíferos, moluscos, delicadas conchas, además de una variedad de semillas que harían de los jardines de Viena el equivalente de lo que era Kew Gardens para el Imperio británico y que Joseph Banks no dudó en calificar como igualmente rico. Cuando llega a Viena, para entregar los tesoros, Jacquim tiene treinta y dos años. El autor ha escrito un libro notable, por la recreación rigurosa de un pasaje del que sabíamos poco a pesar de la importancia que tiene para la historia de la ciencia y, en particular, para la historia de la botánica. Más aun, si bien el segundo capítulo se enfoca en las vicisitudes y las aventuras del joven por un Caribe peligroso y extraordinariamente rico, los otros dos capítulos y los anexos convierten la obra en una referencia importantísima para quien desee estudiar la historia natural de los siglos XVIII y XIX. En el primero, tenemos los antecedentes biográficos y familiares de Nicolás José, barón de Jacquim, gracias a lo cual entendemos cómo llegó a Viena, siendo holandés de nacimiento, su compleja y ecléctica formación y su erudición temprana. Pero tal vez es el tercer capítulo el más rico desde el punto de vista historiográfico y analítico. Aquí el autor narra con la meticulosidad de un botánico obsesivo cómo Jacquim no solo se esforzó por clasificar los especímenes que encontró siguiendo la taxonomía canónica de Linneo, con quien mantuvo una rica correspondencia, que el autor revisó; además, entendió que el reconocimiento a su trabajo dependía tanto de su experticia para reconocer lo que era nuevo y valioso, como de la circulación de sus hallazgos. En otras palabras, a diferencia de Mutis, el austríaco supo que era esencial insertarse en la república de las letras. Esa gestión de su Selectarum Stirpium Americanarum Historia, fue vital. Ese trabajo de construcción de redes los científicos de entonces y de hoy lo realizan como parte de su práctica y lo narra Madriñán señalando los esfuerzos, también heroicos de este personaje, para que su obra se editara y se editara bien. Desde la construcción de las plantas a través de láminas, dibujadas por el jardinero que lo acompañó en la misión (Richard van der Schot), hasta la calidad del papel, eran fundamentales para producir el nuevo conocimiento. Los anexos del libro son capítulo aparte: a diferencia de los apéndices, que el lector podría obviar, en este caso tenemos una parte sustancial del trabajo, hallazgos y análisis del autor. Las plantas en el primer anexo, los animales en el segundo y las publicaciones de Jacquim enriquecen la obra con aportes del Madriñán botánico. Este libro será de interés para los taxidermistas también, porque se ha tomado el trabajo de interpretar las láminas y los nombres dados por Jacquim a la flora que llevó a Viena para gloria del Imperio. La edición del libro es impecable, las ilustraciones son formidablemente bellas y permite admirarlas como lo que también son, obras de arte. La tipografía facilita una amena lectura y las láminas producen un placer incluso para quien solo esté interesado en deleitarse con la representación del siglo XVIII de la flora y fauna del Caribe. Un libro así tiene una limitación seria: su precio lo hace inaccesible para el común de las gentes. Es un libro que se pueden permitir bibliotecas y unos pocos coleccionistas. Tal vez la calidad de las imágenes obliga a una edición de lujo y no permita bajar la calidad del papel. De otro lado, es posible que el libro sea un excelente candidato para una edición digital, la cual permitiría usar recursos que enriquecerían su lectura y ampliaran su público. 

Leer texto completo