Paramilitares, Fuerza Pública y periferias amenazantes

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Libro reseñado: 

Silenciar la democracia. Las masacres de Remedios y Segovia 1982-1997.

Datos libro: 

Centro Nacional de Memoria Histórica, Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, Fundación Semana, Taurus, Pensamiento, Bogotá, 2010, 352 págs.

“Recordar en medio de la guerra tiene mucho de desafío” es una de las primeras frases del libro y una constatación para las personas que buscan hacer memoria en Colombia. Esta publicación, pensada para ser un informe del Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, logra ser un documento de denuncia respaldado por un serio trabajo de investigación. En este sentido, considero que el equipo que lo concibió enfrentó, acertadamente, el reto de hacer memoria a pesar de que el conflicto armado no haya cesado, llamando la atención, además, sobre aspectos que suelen ser evitados como la responsabilidad de la Fuerza Pública (militares vinculados al Batallón Bomboná, en este caso) y de caciques políticos “tradicionales” (como César Pérez García en esta situación) en centenas de crímenes y en lo que el título retrata de forma idónea: el silenciamiento de la democracia. El estudio explora varios procesos relacionados con cuatro masacres cometidas en los municipios de Remedios y Segovia (Antioquia): la masacre –o recorrido de muerte– ocurrida en las veredas Cañaveral y Manila de Remedios, en 1983, con un saldo de veinte personas asesinadas; la masacre de cuarenta y seis personas del 11 de noviembre de 1988 en Segovia y La Cruzada; la masacre de La Paz y El Tigrito en Segovia perpetrada el 22 de abril de 1996, cuando catorce personas fueron acribilladas –dos continúan desaparecidas–, y la masacre de siete personas en Remedios, perpetrada el 2 de agosto de 1997. Queda claro, a partir de las exposiciones contenidas en los cinco capítulos, que los agentes de la Fuerza Pública son responsables de la reiterada y violenta negación de un debate social democrático por medio de una cadena de eventos correspondientes, a su vez, a un esquema de “guerra sucia”. Al respecto, es importante notar que de los trescientos cuarenta y siete civiles asesinados en estos municipios entre 1982 y 1997, uno de cada tres era portador de una identidad social y política de izquierda. En suma, con las dos primeras masacres se dio el aniquilamiento local del Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR); con la tercera se inició el exterminio de la Unión Patriótica (UP) y con las dos últimas se culminó la extinción de las Juntas Cívicas, del Comité de Derechos Humanos de Remedios y Segovia, y de lo que restaba de la UP en la región. No pretendo destacar hechos específicos de los eventos escrutados, o sea, las cuatro masacres –de las veinticuatro cometidas en Remedios y Segovia desde 1982 hasta el presente–. Esa es una experiencia que le compete evaluar al lector, pues a pesar de la tendencia a la exaltación del horror implícita, hay elementos en la narrativa y en el análisis que podrían despertar la adormecida capacidad de reflexión política autónoma de muchos colombianos. Destaco, por ejemplo, la forma como es hilvanada (con el respaldo de un uso adecuado de las fuentes) la cuestión del estigma de las víctimas de la izquierda, convertido en generador de nuevas victimizaciones, y el asunto de la desactivación tanto de las redes de los movimientos sociales como del principio de solidaridad que las orienta.

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