Guía de viaje por los territorios de la literatura colombiana para niños (contenido asociado al BCB 86)

Por: Beatriz Helena Robledo. Manizales, 1958. Maestría en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Javeriana de Bogotá. Escritora e investigadora en las áreas de Literatura Infantil y Juvenil y en procesos de formación lectora. Treinta años de experiencia en el campo de la lectura y la literatura infantil y juvenil con diferentes instituciones. Ha recibido varias becas de investigación entre las que se destacan:  Beca de investigación Internationale Jugendbibliothek, Munich, Alemania, 2000 y la Beca de investigación Fernando Charry Lara 2006.  Entre sus obras están  Antología de poesía infantil colombiana (Alfaguara, 2000), Antología de poesía juvenil colombiana (Alfaguara, 2000), Rafael Pombo, la vida de un poeta. Biografía (Ediciones B, 2005), Un día de aventuras (Ediciones B, 2006), Fígaro (Ediciones B, 2007), Así somos: tradiciones populares colombiana (Ediciones B, 2009), El arte de la mediación: espacios y estrategias para la promoción de la lectura (Editorial Norma, 2010), Personajes con diversos trajes (Ediciones SM, 2012), Flores blancas para papá (Ediciones SM, 2012).  Actualmente es directora del Consultorio Lector, programa de atención personalizada a los problemas de lectura y escritura. 

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En últimos años, la producción de literatura infantil y juvenil colombiana ha crecido y ha diversificado sus temas. También podemos decir que han aparecido nuevos autores gracias al estímulo de algunos premios otorgados por entidades públicas y privadas como por ejemplo: el Premio de Literatura Infantil y Juvenil de la Fundación SM en asocio con el Banco de la República/Biblioteca Luis Ángel Arango; el Premio Latinoamericano de la Editorial Norma y los estímulos dados por entidades públicas como Idartes y el Ministerio de Cultura.

 

No se trata de hacer un listado de estas publicaciones, lo que no aporta mucho a los lectores. La invitación es a realizar un viaje por los territorios literarios de nuestro país y, como todo viaje es selectivo, pide el trazo de un camino para hacerlo más agradable y sacar mayor provecho del tiempo.

 

Voy a armar la ruta por temas, campos semánticos que configuran universos de sentido, los cuales pueden permitir al lector-viajero ver un poco más allá de la apariencia, hacer asociaciones, apreciar más de cerca los matices, los personajes, los ambientes, toda esa nebulosa que hace de la literatura un espacio habitable.

 

empecemos por casa

En nuestra ruta literaria podríamos empezar por dar una mirada a lo propio. Lejos de algún afán chovinista o de falso nacionalismo, elijo este destino inicial por aquello del refrán que dice que todo comienza por casa, o quizás, siguiendo una lógica que usa a veces la pedagogía, cuando afirma que al tener más referentes propios y de buena calidad, podremos apreciar mejor lo ajeno. En fin, sea por la lógica que sea (funciona aquí también la aleatoria), quiero detenerme a mostrar al lector algunos libros publicados en los últimos años, que exploran nuestro entorno, nuestra realidad, nuestra cultura. Veamos:

 

La primera parada de nuestro viaje la haremos en un libro del género informativo o documental y es Así vivo yo (Sudamericana, 2011) de Pilar Lozano. Así vivo yo es un viaje por Colombia, construido desde la vida de niños y niñas de las diferentes regiones, de río, mar, selva, montaña, desierto y llano. Dice Pilar:

Unos distinguen la huella de los tigres en la selva, otros persiguen conejos en medio de los frailejones. Camila cabalga por la sabana horas enteras, sin parar, y Andrés José sabe mantenerse en pie, sobre una canoa, en la mitad de un gran río. Los de tierra caliente se defienden de las culebras que se les atraviesan en el camino a la escuela y los que viven en lo alto de las montañas huyen de los mapuros…

 

 y así vamos conociendo las costumbres, el paisaje, la cultura de nuestro país, pero a través de los testimonios de niños y niñas. Los niños son los narradores quienes, en primera persona, describen, cuentan, intercalan canciones, juegan, hasta formar un fresco de su realidad social y cultural y de su imaginario. Además del trabajo documental y periodístico que hay detrás, Pilar acierta en las voces narrativas: cada niño expresa su cosmovisión, logrando que el lector sienta la gran diferencia que hay entre un niño del Caribe y un niño llanero, pero a la vez, la semejanza en su condición de niños que juegan, estudian, ayudan en las labores del campo y de la casa, sueñan y son portadores del legado recibido de sus mayores.

 

Hablando de mayores, continuamos el viaje con un libro de Clarisa Ruiz: La voz de los hermanos mayores (SM, 2014) con ilustraciones de Alekos. Este libro, como su subtítulo lo anuncia, es un pequeño diccionario ilustrado de americanismos y otras palabras de estos lugares. Pero no es cualquier diccionario. Clarisa, en su amor por las palabras, sigue el rastro del origen y devenir de sus palabras preferidas, sobre todo de aquellas que la hacen sentir como en casa, presenta su significado y su etimología, seguidos de un texto literario que la contiene. Palabras sonoras y deliciosas se despliegan en este diccionario como un fresco de relaciones culturales y lingüísticas: con la a: aguacate, ajayu, ají, apache, Atahualpa; con la b, barbacoa, bohío, bemba, butaca; con la c: cacique, caimán, cancha, canoa, ceiba, cocuyo, coyote… y así se va con todas las letras del abecedario. No solo es una bonita selección de palabras, sino que, además, hay detrás una rigurosa investigación que da cuenta, tanto del significado como de la historia que ha recorrido cada palabra, como si fuera un ser vivo que viaja y se transforma. La selección de los textos literarios es de excelente calidad. De alguna manera el lector tiene en sus manos –además de un diccionario etimológico– una antología de poesía y prosa de la literatura que ha sido tejida con el sabor de las raíces lingüísticas y culturales. Fragmentos del Diario de a bordo de Cristóbal Colón; de el Quijote; de la canción Se va el caimán; de A la deriva de Horacio Quiroga; de El valle de los cocuyos de Gloria Cecilia Díaz; de La región más transparente de Carlos Fuentes; poemas de Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Hugo Jamioy Juagibioy, José Hernández, Violeta Parra, entre otros escritores que orgullosos han reivindicado esa relación entre la tierra, la lengua y la cultura.

 

Sorprende descubrir la cantidad de palabras que tienen su origen en las culturas indígenas: barbacoa, bohío, butaca, cancha, chicle, elote, guacamaya, guagua, guanábana, loro, lulo, maguaré, quirquincho, ruca, tomate, yarumo, yoruba, zapallo… entre muchas otras que hacen de nuestro idioma una cantera de sonoridades y sorpresas.

 

Las ilustraciones de Alekos son una mezcla de dibujo, collage y grabado que le dan ese toque de antigüedad propio de un libro que nos trae desde muy lejos la voz de los hermanos mayores.

 

En esta misma ruta de lo propio, vale la pena mencionar la colección bilingüe editada por el Ministerio de Educación Nacional en su Plan Semilla, en la colección Territorios Narrados, en el marco del Plan Nacional de Lectura y Escritura Leer es mi cuento.

 

Niwi úmuke pari ayunnuga (Contando desde la sierra) y Jintulu wayuu Guajirita

La colección está compuesta por varios libros de diferentes grupos indígenas de nuestro país. Reseñamos en este viaje Niwi úmuke pari ayunnuga (Contando desde la Sierra) y Jintulu wayuu Guajirita. Contando desde la Sierra narra las vivencias y la mirada de su territorio que tienen las niñas y niños arhuacos. Encontramos poemas, cuentos, anécdotas, relacionados con los animales, las plantas y la memoria de sus mamos y abuelos. Los textos y las imágenes son producto de talleres con los alumnos de la comunidad arhuaca de Jewrwa. Las ilustraciones, hechas por los niños, se realizaron en un taller con el ilustrador de libros para niños Rafael Yockteng. Los textos están en la lengua materna, el ikun, con su versión en español. Aunque no se puede comparar la literatura que los adultos escriben para los niños, con aquella que escriben los mismos niños, debido al bagaje y al conocimiento de la lengua de cada grupo, estos libros tienen una lógica diferente: expresan con gran nivel literario, la cosmovisión de una cultura que se transmite a través de la oralidad. Son los niños portadores de esta tradición. Sorprende, de manera grata, el nivel literario y las imágenes de algunas de estas piezas escritas por ellos:

 

Hoja seca

Hoja seca, eras linda cuando naciste

tan verde como la esmeralda,

después amarilla como el sol que

nos alumbra todas las mañanas.

Ahora que te secaste te has vuelto

marrona como los troncos de los árboles,

después te caíste y la brisa te llevó lejos.

 

Guajirita, es un relato escrito, ilustrado y traducido por Aminta Peláez Wouliyuu, etno-educadora de Barrancas (Guajira). Guajirita es una niña de diez años, quien en primera persona narra la vida diaria, las costumbres, las historias y sueños de su comunidad wayuu.

 

en los terrenos del miedo

Sin dejar del todo nuestro territorio, viajamos ahora a un lugar poblado de personajes que tradicionalmente han producido mucho miedo. Endriagos como la Llorona, la Madremonte, el Mohán, han hecho temblar a miles de niños colombianos. Sin embargo, en nuestro viaje los vamos a encontrar un tanto domesticados por los adultos escritores. Visitaremos a La Llorona de Triunfo Arciniegas (SM, 2013), El Mohán de María Inés McCormick (SM, 2012) y La casa de los espejos humeantes (SM, 2014) de Albeiro Echavarría.

 

La Llorona de Triunfo Arciniegas está en el recuerdo de la profesora de Fernando, el niño narrador, quien queda impresionado con la imagen de esta mujer, que se aparece a los borrachos y mujeriegos preguntando por sus hijos. Fernando corre a su casa atemorizado, solo espera que no se le aparezca esta mujer que puede salir en cualquier esquina; trata de tranquilizarse al reconocer que él es apenas un niño y no es borracho ni mujeriego. Al llegar a su casa, escucha de nuevo el relato contado ahora por su padre, quien se curó del trago gracias a que esta mujer se le apareció una noche. La historia está recreada en un ambiente familiar que acoge al niño, quien se siente protegido por el amor de sus padres, mientras afuera sigue latente el peligro de estas mujeres –la Madremonte y la Llorona– que cumplen su función de “domesticar” a los hombres.

 

La versión de la leyenda del Mohán de María Inés McCormick está recreada en un contexto familiar: la madre, Esperanza; su esposo, Alberto; el abuelo, Evaristo, y varios niños, entre ellos los protagonistas: Manuel, de diez años, y Luisa, de trece. Los niños se van en canoa por el río a casa de la madrina que le ha hecho un vestido a Luisa para su cumpleaños. Este es el inicio de una aventura que mantiene en suspenso al lector. Los niños tardan en regresar debido a un torrencial aguacero y en esta espera de la madre, rodeada de vecinas y comadres que la consuelan, se cuentan historias diversas sobre todos los hombres y mujeres jóvenes y bellas que se ha llevado el Mohán. María Inés McCormick acierta en el tejido de narraciones entremezcladas entre el murmullo de las comadres; acierta también en la ambientación de la historia, al describir la naturaleza salvaje que rodea la vereda cercana al puerto y la crecida del río; al ubicar con nombres propios la geografía en donde transcurre la historia, lo que da mayor credibilidad a un relato que transcurre entre el realismo y la leyenda:

Recorrió los puertos de La Jabonera, La Rumbosa y El Cachimbo gritando su nombre a los cuatro vientos. Al no encontrarlo, se fue a buscarlo a las moyas de Boluga, El Triste, Las Ánimas y Barreño y en las lagunas de Yaberco y Totarco. Lo rastreó por los charcos de El Tambor y Los Claros y en las angosturas del río Recio. [pag. 39]

 

Acierta, además, en la manera como resuelve la historia, que dejamos a la curiosidad del lector.

 

La casa de los espejos humeantes de Albeiro Echavarría, es una historia de terror que vive una familia de clase media caleña. Quien cuenta la historia es un adolescente de trece años, víctima de una maldición familiar muy antigua pronunciada por la Patasola. En un tejido muy bien elaborado, con una trama que mantiene al lector en suspenso, Albeiro Echavarría logra crear con nitidez y verosimilitud una atmósfera de terror en medio de la cotidianidad que recuerda los cuentos de Edgar Allan Poe. Los espejos que forran la casa, el humo negro que sale cuando se rompen, el sótano prohibido, el ataúd cerrado… en fin, un escenario muy bien logrado en donde sucede una trama tejida con habilidad. Un gran acierto es la inserción del mito de la Patasola en la cotidianidad de la vida moderna y urbana.

 

En esta “parada” del miedo que hacemos en nuestro viaje literario, encontramos otros dos libros: Examen de miedo (SM, 2013) de Yolanda Reyes y Fantasmas (SM, 2013) de Darío Jaramillo Agudelo. Examen de miedo está narrado por Pablito, un preadolescente a quien le está cambiando la voz. La historia ocurre en la casa del abuelo en Girón (Santander) a donde todos los años viajan los hermanos desde Bogotá. Es en esa casona antigua y llena de ruidos, entierros y espantos, donde a Pablito le va ganando el miedo, a medida que escucha y recuerda los cuentos del abuelo sobre don Tiberio, el abuelo del abuelo, un viejo cascarrabias que tenía fama de avaro y de quien se cuenta que enterró su fortuna en la casa. Pablito se queda solo durante tres horas en la casona, mientras sus hermanos van a la procesión de Semana Santa. El miedo lo paraliza, a medida que oye ruidos, pasos, siente la presencia de espantos, recuerda los cuentos terroríficos del abuelo e intenta leer párrafos de Drácula, el libro que le dejaron de tarea para el colegio. Examen de miedo está bellamente ilustrado por Rafael Yockteng, con una línea un poco caricaturesca que da toques de humor a las escenas de terror.

 

Fantasmas de Darío Jaramillo Agudelo es un verdadero tratado de fantasmología. Son relatos cortos, concisos, diríamos poéticos, sobre la vida y las costumbres de los fantasmas. Están escritos con tanta convicción, que al terminar de leer el libro es imposible no creer en la existencia de los fantasmas. Aquí los fantasmas tienen nombre y personalidad: María, un fantasma que mezclaba la ingenuidad con el terror; Luis, un fantasma algo festivo; Zulma, un fantasma algo extravagante; Boris, a quien no le gustaba asustar señoras o niños, sino equinos; Renato, quien no creía en la existencia de los seres humanos; Darío, a quien no le gustaba salir de noche, entre muchos otros que pueblan este universo fantasmal creado por el otro Darío, el escritor, que dice no creer en fantasmas. Un libro ingenioso, escrito con humor y con un profundo conocimiento del mundo fantasmal.

 

la guerra, la violencia, el maltrato

Existen temas que al pensar en los niños quisiéramos evadir. Pero, por fortuna, la literatura infantil actual no ha caído en ese falso romanticismo de querer ofrecer a los niños un mundo rosa, falseado por una idealización de la infancia. La literatura infantil moderna se ocupa, al fin, de temas que son la realidad cotidiana de los niños y que al tratarlos desde una perspectiva estética permiten al niño tomar distancia y recrear lo que en la realidad no puede ser recreado. Como dijo Rilke: “Lo que en la vida nos aflige, es lo que nos deleita en un cuadro”. La literatura infantil colombiana evitó por mucho tiempo tocar estos temas difíciles y duros, considerados tabúes y poco apropiados para los niños, pero en los últimos años aparecen obras y autores que decidieron “tomar el toro por los cuernos” y recrear en el territorio literario la violencia, la guerra, el maltrato, el secuestro, en fin, esa dura realidad que viven los niños día a día en nuestro país. Hay algunos antecedentes como Paso a paso (Carlos Valencia, 1995) de Irene Vasco, novela sobre el secuestro del padre narrado por su hija adolescente; o Los agujeros negros (Alfaguara, 2000) de Yolanda Reyes, que cuenta la vida de un niño que vio matar a sus padres y que se salvó de morir escondido en un armario; o uno un poco más cercano como No comas renacuajos (Babel, 2008) de Francisco Montaña, obra que trata de manera poética y acertada la precariedad de la vida de unos niños que sobreviven solos en medio de la miseria.

 

No es fácil tratar estos temas sin caer a veces en la denuncia o el panfleto. También existe el temor de que se vuelva un tópico de moda y los autores produzcan –a veces por encargo de las mismas editoriales– obras que satisfagan este pedido. En nuestro viaje nos detendremos en algunos libros que, consideramos, han logrado interpretar estas realidades con dimensión poética, simbólica, algunas; o con verosimilitud y acierto en la trama y en la construcción de los personajes, otras. Veamos:

 

El árbol triste (SM, 2005) de Triunfo Arciniegas. Este libro fue editado en México, reeditado en Colombia en 2008 y reimpreso en 2014. El niño que escribe la historia es un niño sensible, poeta y dibujante, que entabla una estrecha relación con tres pájaros que se han posado en el árbol de su casa, el cual se ve por la ventana. Les pone nombre y los caracteriza: Teodoro, Santiago y Vladimir. Teodoro es el más grande y el más arriesgado; Santiago, nervioso y casi nunca abandona el árbol, y Vladimir, un poco más pequeño, al que le faltan plumas en la cola. A partir de allí, el niño observa, dibuja y siente la cercanía y el calor de las aves. Pero los pájaros parten un día de regreso a su lugar de origen: un país en guerra. El niño sigue por la televisión las noticias de la guerra y siente el dolor que ella genera a través de la ausencia de los pájaros. Estos vuelven maltrechos –bella metáfora del desplazamiento forzoso– y no logran adaptarse de nuevo. A pesar de que la guerra sigue en su país, los pájaros regresan. El niño contempla a diario el árbol triste por su ausencia. Con este hermoso texto, Triunfo Arciniegas logra recrear de manera simbólica y poética la guerra y lo que ella genera en el corazón. Esos tres pájaros son mucho más que pájaros: simbolizan a los miles de personas desplazadas por la guerra y el dolor que genera la huida y el desplazamiento forzoso. El árbol triste por su intensión y su simbología, por sus imágenes, resiste y propone infinitas lecturas, en las que entrega siempre nuevos sentidos.

 

Mambrú perdió la guerra de Irene Vasco (Fondo de Cultura Económica, 2012). Emiliano tiene trece años y vive ahora con la abuela. Sus padres son defensores de derechos humanos y trabajan por los desplazados de la guerra. Son perseguidos y deben esconderse. Emiliano se va a la casa del campo con su abuela, sin entender muy bien lo que pasa y sin poder llevar consigo sus cosas. Pero allí la abuela también debe huir, dejando a Emiliano solo, con la recomendación de que se esconda en “la casa de las cabras”, una choza abandonada que forma parte de la finca. Emiliano se esconde con su perro Mambrú. El pánico de ser encontrado lo lleva a dispararle para acallar así sus ladridos. Es esa escena el desenlace trágico de una historia que es a la vez denuncia de una realidad signada por la violencia que le pone sello a nuestro país y que la literatura para niños va nombrando cada vez con menos tapujos y de manera más frontal y dolorosa.

 

Genaro Manoblanca, fabricante de marimbas (SM, 2013; primera reimpresión, 2014) de Juan Manuel Roca. Esta historia inicia con otra, la del violinista luxemburgués condenado a muerte por oponerse a los caprichos de un perverso conde. El violinista pide como único deseo tocar el violín junto a la horca. Su música lo salva pues hasta el mismo verdugo no pudo dejar de bailar. Esta historia, contada por su abuelo, hizo que Genaro Manoblanca quisiera ser músico. Genaro lleva la música en su sangre. En un libro viejo de su abuelo, aprende a construir instrumentos y con la madera de los árboles de su pueblo, Santa María de las Aguas, Genaro construye e inventa la marimba. Pero la codicia de los hombres malos acecha. “Muy cerca de su pueblo, en una región en medio de la selva, había una aldea de gentes expertas en las artes del robo y de la guerra, de hombres que nunca supieron que con un violín o una marimba se pueden hacer brotar paisajes secretos, lugares desconocidos”.

 

Genaro Manoblanca, fabricante de marimbas mezcla la leyenda del inventor de la marimba con la realidad de nuestra guerra y con la poesía. Hay un valor especial en la manera como está contada esta historia. Indudablemente es el libro de un poeta y Roca cuida cada palabra, cada imagen, cada ritmo de la frase. El lenguaje aquí es también personaje, música y melodía.

 

La luna en los almendros (SM, 2012; tercera reimpresión, 2014) de Gerardo Meneses Claros toca un tema que apenas empieza a explorarse en la literatura colombiana para niños y es el de la guerrilla. La pobreza extrema, el maltrato, el secuestro, el desplazamiento ya habían entrado a formar parte del corpus literario; sin embargo, el tema de la guerrilla –tema rural por excelencia en nuestro país– estaba lejos de la mira de los escritores de literatura infantil. Gerardo Meneses aborda el tema con una historia sencilla, recreada en una escuela rural como centro y dos niños hermanos como protagonistas. A través de la mirada y la experiencia de los niños, la guerrilla aparece como una sombra que va cercando la vereda hasta terminar en un enfrentamiento con el Ejército.

 

la búsqueda de identidad y el territorio de los afectos

Es reconfortante hacer una estación en el territorio de los afectos. Son varios los libros que exploran la subjetividad de los personajes niños, sus búsquedas interiores, las relaciones familiares. En otros casos, los personajes son animales que se enamoran, o niños que han perdido a sus padres y deben viajar a donde un pariente lejano para encontrar un lugar en el mundo que no sea un orfanato.

 

En esta temática de los afectos nos detendremos en varios libros: Pez quiere ir al mar (SM, 2012) de Alejandra Algorta; Díaz de rock de garaje (SM, 2012) de Jairo Buitrago; Historia de amor verdadero entre una rana y un cucarrón (SM, 2013) de Francisco Montaña; El edificio (Babel Libros, 2014) de Jairo Buitrago y Daniel Rabanal.

 

Pez quiere ir al mar explora, de manera simbólica, la búsqueda de identidad de una niña, quien curiosamente tiene un pargo rojo en la cabeza, por esto la llaman Pez. La niña pez, por ser tan diferente, es rechazada por sus compañeros en la escuela; tampoco puede acompañar a su madre a trabajar, por lo que se encuentra sin un lugar en donde estar. Debido a esto, termina pasando las tardes rodeada de viejitos, en un ancianato en el cual vive la tía Amalia. Poco a poco Pez se va adaptando al ancianato, hasta descubrir que la pasa muy bien y se divierte con la tía, con don Ezequiel y con Elseñorqueolvidósunombre, quien se sienta todas las tardes frente a un televisor que no funciona. Pez hace listas de sus favoritos y de los que no lo son. Favoritos son: Leche con vainilla, mamá, manos de mamá, dulces de Amalia que saben a polvo, línea que separa el azul cielo del azul mar.

 

Pez quiere ir al mar es un libro que explora muy bien el imaginario de una pequeña, siguiendo la lógica animista de una niña que comprende a la perfección el lenguaje igualmente ilógico y absurdo de los ancianos, si se mira desde la racionalidad adulta. Es un libro que logra una dimensión simbólica que permite múltiples interpretaciones por parte de los lectores.

 

Díaz de rock de garaje sigue esta línea de la búsqueda de identidad pero con Juliana, una niña de once años que es diferente a las demás: le gusta el fútbol y el rock y no le importa tener los tenis rotos. Le encanta tocar el bajo con los amigos del barrio. Juliana progresa y conoce cada vez más de música rock gracias a su hermano, quien al principio se burla de ella, pero poco a poco acepta y estimula el gusto y la pasión de Juliana por la guitarra y el bajo. Jairo Buitrago logra mostrarnos con finura el crecimiento y la transformación de Juliana, de una niña insegura y tímida a una adolescente roquera que se gana la aceptación y el aprecio de amigos y parientes.

 

Historia de amor verdadero entre una rana y un cucarrón es una hermosa historia de amor encarnada en dos animales que aparentemente no tienen mucho que ver. Quizá son las diferencias las que permiten a estos dos animalitos apreciar y valorar la presencia del otro. Rana queda deslumbrada con el resplandor que brota de las alas de cucarrón, reflejo generado por los rayos del sol. Por su parte, cucarrón quedó atrapado por los ojos de rana. Después de un largo y complicado cortejo, como puede serlo el de dos animales tan diferentes, rana y cucarrón se dieron cuenta que se sentían muy bien juntos. De allí en adelante no se separaron más. Cada uno mostró al otro lo que era y lo que sabía hacer:

Estaban tan bien juntos que decidieron quedarse también durante la noche uno al lado del otro, haciendo gracias. Cucarrón le mostró a Rana todo lo que era capaz de hacer con sus antenas: sentir los pasos de los gatos, el vuelo de las mirlas, y hasta acariciarle el lomo mientras ella miraba las estrellas. Rana le mostró lo lejos que podía saltar, lo grande que podía abrir los ojos y todo lo que podía separar los dedos de las patas. Cucarrón le mostró que podía volar. Rana nadó de todas las formas posibles. [pag. 35]

 

Juntos emprendieron un viaje hasta Egipto, al lugar originario de Cucarrón, que casi le cuesta la vida a Rana. Es una historia de amor verdadero en la que sus mejores momentos se expresan precisamente en el esfuerzo de un personaje por entender al otro, personajes que son por esencia diferentes. No obstante, es el sentimiento amoroso el que hace posible superar las diferencias, hasta el punto de retar a la naturaleza y formar una familia en la que hay hijos ranas e hijos cucarrones, sin que se pierda la identidad de cada uno. Francisco Montaña nos entrega, con profundidad y poesía, una historia de amor verdadero.

 

Abrir El edificio es como viajar al pasado. De inmediato nos sitúa en una Bogotá de principios de los años treinta, lo que se aprecia por el modelo de los carros, por la arquitectura y la vestimenta de los transeúntes. Poco a poco nos va acercando al interior del edificio en el que viven un relojero, una maestra jubilada y un niño. Los relojes van marcando el tiempo, “el tiempo que va cambiando a la gente, a los vecinos. Una y otra vez, al tic-tac de los relojes”. La trama conmueve, pues un niño usa los únicos zapatos de la maestra jubilada como la casa de sus ratones mascotas, pero lo más hermoso de este libro es el viaje por la ciudad: las construcciones, los avisos de las tiendas, el transporte, la atmósfera… Es un testimonio de una época, un recorrido por una ciudad que ya no existe, pero que se presenta como un legado a los jóvenes lectores o como un recuerdo para aquellos adultos que fueron testigos de una época que quedó atrás.

 

territorio encantado

En la década de los ochenta la literatura infantil y juvenil colombiana exploró con generosidad el género fantástico. En contraste, en los últimos años se detiene más en la corriente realista, ya sea en la recreación de la dura realidad, como ya vimos, o en la instalación de la fantasía en contextos reales y familiares. De allí que sorprenda encontrar un libro como Historias de Poraquí (Norma, 2012) de Matías Godoy, que ubica al lector, de entrada, en el terreno de lo maravilloso. La historia sucede en el reino de Poraquí donde viven Laurencio, Sóngoro y Zumbo, quienes tienen como reto hacer llorar a la princesa Dramafesta, que expresa su alegría llorando y su tristeza riendo. Cada uno de estos personajes es un contador de cuentos, pero con peculiaridades tales como que Zumbo, el Xul cuenta las historias trocando las palabras; el bójumil Sóngoro, las cuenta con palabras esdrújulas y el loukota Laurencio, empezaba las historias por el final. Ninguno de los tres lograba hacer llorar a la princesa, por lo que recurrieron a los consejos del asno Anticlímaco, un burro sabio que habitaba en el Pico de la Mirándola. Matías Godoy salpica la historia con una gran capacidad para versificar y jugar con las palabras. Historias de Poraquí es un relato divertido, lleno de humor e ingenio, en el que el autor juega de manera constante con el lenguaje.

 

En ese territorio encantado nos encontramos con un libro para lectores más pequeños, Los duendes de las horas (Norma, 2012) de Margarita Londoño. Aquí entramos en el bosque de los duendes, en un tiempo en que no existían los relojes y eran ellos los encargados de dar la hora. “Para hacerlo se reunían día y noche en una enorme fila y cada uno de ellos iba diciendo minuto a minuto qué hora era. Lo hacían con gran precisión, sin equivocarse ni un minuto”. La fatiga, el cansancio y la falta de tiempo para dedicar a la familia y al hogar, hicieron que los duendes empezaran a inventar otras formas de dar la hora de manera que no tuvieran que estar todos en fila invirtiendo su tiempo precisamente en contar el tiempo. Después de varios ensayos se inventa el reloj. Es una historia ingeniosa, contada de manera amena y sencilla para los pequeños lectores de la colección Torre Roja de Norma.

 

en tierra de plantas y animales

¡No, no fui yo! (Babel Libros, 2014) de Ivar Da Coll. Es grato y reconfortante encontrarse en nuestro viaje con ¡No, no fui yo!, reeditado por Babel Libros. En un formato apaisado, más grande que la versión original, en pasta dura y con un papel azul mate que resalta las imágenes y los contrastes, este divertido libro de Ivar Da Coll renace con esta edición.

 

Para quienes lo visitan por primera vez, les contamos un poco de qué se trata: son tres compadres que deciden irse un día de picnic. Arreglan las cosas para el viaje y caminan por valles y montañas, hasta que encuentran el lugar perfecto para merendar y descansar. Al levantarse para regresar, cada uno de ellos en un momento diferente, comete un acto de mala educación como un mal viento, un eructo y un estornudo tan fuerte que arroja un moco. Cada momento es contado con mucha gracia y humor, mientras en la ilustración vemos a los tres personajes desplazándose por las montañas a toda velocidad después de librarse cada uno de la responsabilidad de haber cometido la falta. Es un libro en el que se mezclan el humor y lo escatológico, que aquí deja de serlo en contraste con la ingenuidad y ocurrencia de los personajes.

 

En este paseo por el campo nos encontramos con La paca y el escarabajo (Norma, 2013) de Claudia Rueda. Una historia en la que un escarabajo y una paca apuestan una carrera. La carrera la propone el loro que, además, le ofrece un premio especial al ganador: la paca se sueña con un abrigo amarillo con hermosas manchas negras, y el escarabajo quiere un abrigo de color verde y dorado, muy brillante. Los dibujos, sencillos y ligeros, presentan a los personajes en un paisaje limpio de fácil comprensión para los lectores más pequeños.

 

Ahora nos encontramos con Un conejo es un ciempiés (Norma, 2014) de Alekos. Es un libro para leer y también para jugar, pues los cuentos están contados en palabras intercaladas con imágenes, o mejor las imágenes reemplazan algunas palabras, lo que permite al lector jugar con los significados que sugieren los dibujos y con las rimas.

 

Podríamos armar nuevas rutas, visitar otros libros que no han sido elegidos hoy en este viaje, pero todo viaje, como ya dijimos, es selectivo y además tiene un tiempo y en este caso un espacio.

 

Lo que reconforta es saber que la literatura colombiana para niños y jóvenes está más viva que nunca y ha logrado ampliar sus límites, explorar nuevas fronteras y sentarse a la mesa a compartir con la Literatura con mayúscula.

 

bibliografía

Alekos, Un conejo es un ciempiés, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2014.

Algorta, Alejandra, Pez quiere ir al mar (ilus. de Gerald Espinoza), Bogotá, SM/ Banco de la República, Biblioteca Luis Ángel Arango, 2012.

Alumnos de la comunidad arhuaca de Jewrwa, Niwi úmuke pari ayunnuga. Contando desde la Sierra, serie Río de Letras. Leer es mi cuento, Bogotá, Ministerio de Educación Nacional, 2014.

Arciniegas, Triunfo, La Llorona (ilus. de Paula Ortiz), Bogotá, SM, 2013.

El árbol triste (ilus. de Diego Álvarez), Bogotá, SM, 2009 (1.ª reimpresión, 2014).

Buitrago, Jairo, Días de rock de garaje, Bogotá, SM, 2012.

Buitrago, Jairo; Rabanal, Daniel, El edificio, Bogotá, Babel Libros, 2014.

Da Coll, Ivar, ¡No, no fui yo!, Bogotá, Babel Libros, 2014.

Echavarría, Albeiro, La casa de los espejos humeantes, Bogotá, SM, 2014.

Godoy, Matías, Historias de Poraquí (ilus. de Eva Giraldo), Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2012.

Jaramillo Agudelo, Darío, Fantasmas, Bogotá, SM, 2013.

Londoño, Margarita, Los duendes de las horas (ilus. de Ana María Magaldi), Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2012.

Lozano, Pilar, Así vivo yo. Colombia contada por los niños (ilus. de María Fernanda Mantilla), Bogotá, Sudamericana, 2011.

McCormick, María Inés, El Mohán (ilus. de Paula Ortiz), Bogotá, SM, 2012.

Meneses Claros, Gerardo, La luna en los almendros, Bogotá, SM/Banco de la República, Biblioteca Luis Ángel Arango, 2012.

Montaña, Francisco, Historia de amor verdadero entre una rana y un cucarrón (ilus. de Amalia Satizábal), Bogotá, SM, 2013.

Peláez Wouliyuu, Aminta, Jintulu wayuu Guajirita, serie Río de Letras. Leer es mi cuento, Bogotá, Ministerio de Educación Nacional, 2014.

Reyes, Yolanda, Examen de miedo (ilus. de Rafael Yockteng), Bogotá, SM, 2013.

Roca, Juan Manuel, Genaro Manoblanca, fabricante de marimbas (ilus. de Daniel Rabanal), Bogotá, SM, 2013.

Rueda, Claudia, La paca y el escarabajo, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2013.

Ruiz, Clarisa, La voz de los hermanos mayores (ilus. de Alekos), Bogotá, SM, 2014.

Vasco, Irene, Mambrú perdió la guerra (ilus. de Daniel Rabanal), México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

 

 

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