Una alegoría del desplazamiento

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Libro reseñado: 

Tierra quemada

Datos libro: 

Óscar Collazos. Random House Mondadori, Bogotá, 2013, 371 págs.

Óscar Collazos no ha escapado, como escritor de una generación realista y preocupada por asuntos sociales como es la suya, a la tentación de escribir novelas sobre la guerra entre ejército regular, guerrilla y grupos paramilitares y sus consecuencias en Colombia. Lo hizo con sus novelas Rencor (2006) y Señor sombra (2009). La primera narra las vicisitudes de una desplazada en Cartagena en un tono testimonial. No en vano la adolescente protagonista cuenta su vida descarnadamente frente a la cámara de un documentalista. Señor sombra cuenta, por su parte, la historia de un tenebroso paramilitar, en clave de novela negra, que se convierte en un prestigioso empresario. En Tierra quemada, el escritor chocoano vuelve con el tema del desplazamiento, la más catastrófica de las huellas dejada en Colombia por la guerra en sus últimos años. La propuesta de Collazos, en nuestro medio, tiene algo de singular: se ancla en la alegoría. Como suele suceder en los relatos alegóricos, Tierra quemada trata sobre un conflicto en el que los bandos enfrentados son un poco brumosos. Hay un ejército que colabora con La Empresa, organización de claros rasgos paramilitares, ya presentada en Señor sombra, para enfrentar a unos insurgentes. No se nombra nunca el país en que se desarrolla la crisis que, en la novela, es padecida por una caravana de huyentes. Al principio, podría pensarse que la historia pasa en algún lugar del planeta sometido a los desmanes de una guerra neocolonial. Sin embargo, en la medida en que se desarrolla la lectura, van apareciendo una tras otra suficientes pistas para pensar que se trata de Colombia. El relieve es tropical, hay sembrados de café y de plátano, la caravana es alimentada con fríjoles, lentejas, yuca sancochada y arroz, y beben café o chocolate; hay también una comunidad de paz cuyos integrantes han sido masacrados por el Ejército en colaboración con La Empresa, hay cilindros de gas usados por los insurgentes (así los llama el narrador, pero los militares que vigilan o protegen la caravana les dicen bandidos, tal como las fuerzas armadas estatales colombianas han llamado siempre a los guerrilleros), hay dos negras que han escapado de un atentado con pipetas de gas cometidos por los insurgentes contra una iglesia llena de inofensivos civiles); y, en fin, hay una geografía costeña y expresiones del habla coloquial que solo usan los colombianos. De tal modo que lo que surgía primero como una atractiva narración alegórica sobre el desplazamiento poco a poco se va convirtiendo en una novela colombiana más que aborda diversos tipos de desmanes y de situaciones y personajes más o menos típicos de nuestra última literatura de violencia.

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