Narrativa

Sobre la figura del novelista J. A. Osorio Lizarazo se cierne la duda respecto de la calidad de sus novelas. Algunos gustos se han sentido abrumados por los universos míseros y lumpen que cobran vida en estas novelas que han hecho que a su autor se le acuse de demagogo, de predicador social anticuado. Fueron sus contemporáneos los más interesados en confinarlo a un rincón de desdén.

“Decrépito treintón es abandonado por cincuentona ardiente” [pág. 138]. Así se cierra este recuento de más de quince años en la vida de José Hilario López, joven que como barman nocturno conoce en su establecimiento a Simona Escobar, mujer mayor de Medellín con hermana gemela, casada con diplomático, y discreta en sus aventuras.

Es fácil encontrar en la literatura colombiana, y en particular en autores nacidos en Cali, una preocupación constante por convertir la música en un elemento fundamental de la narración, que logre comunicar al lector la existencia de un discurso sonoro paralelo, que proporcione una intensidad dramática adicional a ciertas escenas y que enriquezca el tono, el colorido y el ritmo de las acciones de los personajes o de las situaciones noveladas.

¿Cuáles son los males endémicos de la Iglesia? Aventuremos los más visibles: su corrupción política milenaria, su falso discurso de la pobreza evangélica, su mentiroso ropaje del celibato, su amancebamiento con los poderosos de las armas y el dinero. Por ello, cuando arribó al papado Albino Luciani, con el nombre de Juan Pablo I, se estremeció de temor el Vaticano por las reformas radicales que este iba a emprender.

En 1992 Rafael Chaparro Madiedo ganó el premio nacional de Colcultura con la novela Opio en las nubes. Una figura desconocida, de pronto, surgía en el panorama de la literatura colombiana. Una novela marginal, atravesada de drogas, licor, sexo y ciudades desoladas, y un poco en la línea de ¡Que viva la música! (1977) de Andrés Caicedo, acaparaba por un momento la atención de los lectores y la crítica.

No hubo cielo comienza de manera dramática: Son las diez de la noche de mi último viernes. ¿Hasta cuándo se tiene conciencia de la vida que se deja? Sentada en el borde inferior de la cama, me inclino sobre la pared para sostener el cuerpo; la escopeta sale de mis rodillas, la boca del arma está en mi cabeza; la culata, cuñada entre mis pies, descansa en el piso. Las manos sin vida tocan el arma. [pág. 13]

Ciudad Andina cuenta con un sistema de privilegios público, estrictamente reglamentado y muy atractivo, al que todos los habitantes de la ciudad pueden acceder en algún momento de su existir. Sin importar qué tan difícil haya sido hasta entonces la vida de un sujeto, de dónde provenga o cuál haya sido su historia, todos pueden elevar una solicitud de ingreso, la cual será evaluada en su momento por la Unidad de Determinación de Vacantes.

La primera impresión que un lector distraído puede tener de la novela de Alan González Salazar es que se trata de un ejercicio arriesgado porque tanto en la forma como en el contenido, Anó- nimos rompe con lo que cabe esperar de su género.

Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963) nos da en esta novela dos historias paralelas. Una remota, de finales del siglo XVIII, en una ciudad de más de siete mil habitantes, Popayán; y las ambiciones de un joven disperso que desea ser científico y quien se debate entre la jurisprudencia y su amor por la naturaleza: Francisco José de Caldas.La segunda historia, fechada en 1983, también se ofrece mediante cartas.

En 2014 Pablo Montoya publicó su cuarta novela, Tríptico de la infamia. Tríptico, porque son tres historias (como tres cuadros que conforman uno solo, pero a la vez cada uno vale por sí mismo); infamia, porque las tres historias cuentan episodios de horror y de muerte, inscritas en lo que se dio en llamar Guerras de Religión en la Europa del siglo xvi. Las tres, también, ¡recompensa!

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