Alberto Durero

Un buen pintor está interiormente lleno de figura.
Si fuera posible que viviera eternamente,
siempre podría crear algo nuevo.

Alberto Durero, 1512

Durante el siglo XV Europa vivió un sinfín de transformaciones provocadas por cambios sociales, económicos y culturales entre los que se encontraban los descubrimientos y avances científicos y los viajes transoceánicos que ampliaron la noción del mundo conocido hasta ese momento. A fines de ese siglo agitado y controversial, nació Alberto Durero (Núremberg 1471-1528), quien ha sido considerado como el mejor de los artistas del Renacimiento alemán.

Gracias a la crónica, que sobre su vida escribió el propio Durero, se sabe que nació en una familia de orfebres, fue el tercero de dieciocho hijos y quince de sus hermanos murieron debido a las duras condiciones de la época. Desde temprana edad se destacó en el dibujo, habilidad aprendida de su padre y muy útil en el trabajo de orfebrería. A los trece años realizó un autorretrato que reveló su destreza artística y dio inicio a lo que sería una obsesión con su propia imagen, la cual  lo acompañó durante toda su vida, ya que llegó a realizar varios autorretratos en distintas edades. Los autorretratos de Durero ofrecen la posibilidad de ver la transformación del aspecto del artista, pero también permiten descubrir su gran destreza como retratista capaz de copiar la fisonomía y, al mismo tiempo, evocar la personalidad de quien es retratado.

Hacia 1486, Durero, con solo quince años, ingresó como aprendiz al taller del pintor Michael Wolgemut, uno de los artistas más destacados de la ciudad de Núremberg. Desde su entrada a este taller se destacó por sus cualidades artísticas y allí aprendió todo lo relacionado con el oficio de la pintura. Cuando concluyó su estancia con Wolgemut, realizó el primero de sus viajes por los Países Bajos. Durante este recorrido conoció la obra de importantes grabadores como Martin Schongauer y es posible que iniciara la comercialización de sus propias estampas y elaborara algunos grabados para la ilustración de libros. En este periodo, Durero desplegó una mirada profunda sobre la naturaleza, motivada por el viaje realizado, y que generó, en su trabajo, un gran interés por la representación de animales, plantas, paisajes e incluso rarezas.

 En el verano de 1494, Durero, con veintitrés años, regresó a Núremberg y contrajo matrimonio con Agnes Frey, joven perteneciente a una familia de orfebres. En ese momento surgió una situación que obligó al artista a desplazarse hacia el sur: una epidemia de peste bubónica azotó la ciudad. El destino elegido fue Italia, estableciéndose  en Venecia, uno de los principales centros urbanos de la época. Muy cerca de allí se encontraban activos los principales exponentes del Renacimiento italiano: el joven Michelangelo Buonarroti, Andrea Mantegna y, por supuesto, Leonardo da Vinci. El contacto con este nuevo ambiente artístico influyó profundamente en Durero y, gracias a este viaje, su obra se vio enriquecida de múltiples maneras, ya que, después de esta primera estancia en la península italiana incorporó el conocimiento sobre la perspectiva y la técnica del claroscuro a su obra.

A su regreso de Italia, con la fama ganada y alcanzado el prestigio de su taller, Durero se consagró por entero al grabado. Con su trabajo enalteció el oficio de grabador al otorgarle un lugar fundamental al cuidado de la técnica. Gracias a la prensa que había comprado nunca estuvo al servicio de un editor y produjo un gran volumen de estampas. Su nombre traspasó fronteras y se convirtió en lo que podríamos llamar un artista moderno. De esta manera, el maestro alemán contribuyó a que el grabado, como método de producción de estampas en el Renacimiento, facilitara la circulación de imágenes de la época, razón por la que algunas de sus obras fueron universalmente conocidas. En su dedicado oficio como grabador se aprecian las cualidades artísticas de Durero que lo hacen mundialmente famoso: la delicadeza en la línea, el dominio de la proporción y la maestría en el manejo de la luz y la sombra, así como el ímpetu de la modernidad de su tiempo, que le permitió aventurarse en la creación novedosa.

A partir de 1495, el renombre de Alberto Durero ayudó a que sus obras empezaran a reproducirse sin su consentimiento. Ante esta situación el artista reaccionó legalmente contra los copistas e incorporó de un modo más sistemático en sus obras el uso del monograma “AD”. Estos gestos podrían considerarse como una de las primeras acciones registradas en la historia del arte, en la que un artista defiende legalmente sus derechos y la autoría de sus obras.

La faceta humanista de Durero se desarrolló con más énfasis después de 1500 a través del redescubrimiento de la cultura antigua y del estudio de la teología. De esta manera, entró en contacto con los más elevados pensadores del momento, entre los que se encontraban Erasmo de Rotterdam y Willibald Pirckheimer, quien lo contactó directamente con el emperador Maximiliano, su mecenas desde 1513.Estas relaciones lo convirtieron en uno de los personajes más relevantes de Núremberg y consiguieron modificar el rol social del artista, quien dejó de ser considerado un artesano, dotado exclusivamente de aptitudes manuales, para convertirse en un intelectual.

 La maestría como técnica y la belleza como ideal

También a partir del año 1500, influenciado por la figura de Jacopo De Barbari, un grabador italiano que había conocido, y quien al parecer no había querido revelarle sus estudios sobre proporciones, el trabajo de Durero se centró en la armonía y la proporción. El cuerpo humano desnudo se convirtió entonces en uno de sus temas de interés. El artista realizó a lo largo de toda su obra numerosos estudios de antropometría y varias estampas en donde resaltó la figura humana como es el caso de Adán y Eva.

Durante ese mismo periodo, Durero también se interesó en el estudio de la geometría y las matemáticas y en su trabajo, a partir de entonces, prestó más atención a los escenarios en los que se desarrollan las acciones y adicionó elementos arquitectónicos como arcos y columnas para aproximar el texto sagrado ilustrado a la realidad de su época.

Desde el otoño de 1505 y hasta 1507 Durero viajó por segunda vez a Italia. En esa estancia, ya consciente de su grandeza y prestigio, su actitud como artista cambió al igual que su trabajo. Después de este viaje y hasta el final de su carrera se dedicó de manera simultánea a la realización de obra y a la producción de trabajos escritos relacionados con la teoría del arte como lo evidencia la publicación de las instrucciones sobre medición con compás y regla de las líneas, los planos y los cuerpos solidos (1525), sus cuatro libros acerca de la proporción humana (1528), la teoría de la fortificación de las ciudades, los castillos y los burgos (1528), e incluso el trabajo autónomo sobre la estética que fue publicado después de su muerte.

Imágenes de devoción

El tiempo de Durero fue el de la transición entre la Edad Media y el Renacimiento. Este periodo fue testigo del cambio en la imagen religiosa producto de la transformación social y económica que vivía Europa y, en mayor grado, de la transformación surgida al interior de la iglesia cristiana que tuvo su punto máximo de inflexión en la Reforma protestante de 1517 cuando Martin Lutero publicó sus 95 tesis contra la venta de indulgencias.

Si bien las imágenes religiosas habían sido destinadas a la visualización de episodios sagrados, durante el siglo XVI se convirtieron en portadoras de valores morales y sentimentales con un tal realismo que fueron capaces de conmover a los fieles e influir en su religiosidad.

Gracias al uso magistral del grabado, Durero logró difundir estampas que traspasaban fronteras y propagaban la fuerza de la doctrina cristiana. Al mismo tiempo que realizaba importantes encargos de obras para las iglesias y las capillas, ejecutó varias series de estampas religiosas que acentuaban el realismo y el dolor. Entre todas ellas destacan El Apocalipsis, La vida de la Virgen y La Pasión grande, las cuales fueron publicadas como hojas sueltas pero posteriormente, gracias a su impacto y difusión, se agruparon en forma de libro para combinar imagen y texto. En 1498, después de la publicación del Apocalipsis, Durero dimensionó su trabajo de manera internacional, ya que las copias del libro se difundieron con rapidez y lo convirtieron en el primer libro ilustrado y publicado por un gran artista.

Gracias al dominio de la técnica del grabado en madera o entalladura y al trabajo con el buril sobre plancha de cobre, Durero creó hermosas piezas devocionales como San Eustaquio que ha sido considerado como su grabado de mayor formato y uno de los más importantes de su producción. Según cuenta la leyenda, Plácido, un General romano, se convirtió tras una visión que tuvo un día en el que salió de caza, cuando vio, entre las astas de un ciervo, un crucifijo y oyó una voz que le decía: “Plácido ¿por qué me persigues?”. Arrepentido Plácido cambió su nombre a Eustaquio y se convirtió en el santo patrono de la cacería y las situaciones difíciles. Su imagen fue ampliamente representada por los artistas del siglo XVI.

La cima de la maestría: Melancolía

En 1503, tras padecer una fuerte dolencia en el brazo, Durero fue diagnosticado como melancólico. Según las creencias de la época, el cuerpo humano estaba compuesto por cuatro humores (líquidos), cuyo equilibrio indicaba el estado de salud de una persona. De esta manera, todas las enfermedades eran el resultado de la abundancia o la falta de alguno de estos cuatro humores, los cuales estaban relacionados de la siguiente manera: bilis negra- melancólico, bilis amarilla-colérico, flema-flemático y sangre-sanguíneo.

Los melancólicos, particularmente, eran considerados perfeccionistas, analíticos, sensibles emocionalmente y de triste semblante. Estaban bajo la influencia del planeta Saturno, que según la creencia popular de la época, regía a los artistas que se sentían aturdidos porque en su interior no cesaba la inspiración como era el caso de Durero. De hecho la cúspide de su obra se halla en sus grabados Melancolía I, San Jerónimo y El caballero, la muerte y el demonio, obras maestras de su producción. En ellas el caballero simboliza la fortaleza, San Jerónimo representa al pensador y la Melancolía al genio creador que vive el problema del apatía y el desaliento, por un lado, pero, por otro, la paz de una sabiduría profunda. Se ha dicho que Durero se representó a sí mismo en esta estampa y con ello ennobleció al temperamento melancólico como un autorretrato interior del hombre creador.

Melancolía se ha prestado a múltiples estudios e interpretaciones, pero sin lugar a dudas es una obra que remite a la importancia de este artista y a su indescifrable genialidad. 

Bibliografía:

Berger, Jhon. Durero. Acuarelas y dibujos. Tashen 1994

Panofsky, Erwin. Vida y Arte de Alberto Durero. Alianza Editorial, 2005

Mantilla, José Manuel (Ed). Durero. Obras maestras de  la Albertina. Museo Nacional del Prado. 2005

Wolf, Norbert. Alberto Durero. Genio del Renacimiento Alemán. Tashen 2006

 

Texto: Sigrid Castañeda

Unidad de Artes y Otras Colecciones

Subgerencia Cultural. Banco de la República 

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