El mundo como una pintura en rollo

Díaz retrató, con particular elegancia, a los artistas e intelectuales surgidos en la segunda mitad del siglo XX, algunos de ellos amigos suyos. La admiración y curiosidad que sentía por otros queda testimoniada en estas imágenes, que reflejan un espíritu colectivo y una búsqueda de ideales vitales comunes. Estos retratos nos permiten acceder a los talleres de los artistas Enrique Grau, Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villamizar, Guillermo Wiedemann, Feliza Bursztyn y Beatriz González, nos dan acceso al entorno creativo en el que trabajaron y nos permiten observar, incluso, la relación física con sus obras al posar frente al fotógrafo.

La cuidadosa búsqueda del encuadre equilibrado y simétrico y de situaciones controladas donde no interceda el azar o lo inesperado caracterizan su tratamiento del retrato. Estos registros, de carácter histórico, nos permiten entender, a través de las actitudes, las poses y los entornos, los espacios sociales que demandaban y producían personajes públicos. En resumen, la vida de los artistas e intelectuales, tan atractiva por su valiente independencia y singularidad, fue capturada e interpretada por Díaz quien, sin duda, contribuyó a edificar la imagen pública de los artistas y el arte colombiano de la década los sesenta, y a crear, de algún modo, un nexo entre el carácter del creador —sea este escritor, poeta o artista— y su obra.

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