Las sociedades prehispánicas de Nariño


A partir de un rico legado de cultura material, los arqueólogos han identificado dos grandes regiones de ocupación humana prehispánica en la amplia zona de frontera entre Colombia y Ecuador: la costa pacífica y la serranía. Las evidencias arqueológicas han sido difíciles de interpretar por la variedad y complejidad de los desarrollos culturales que tuvieron lugar aquí.

La diversidad de paisajes, de fuertes contrastes, fue crucial para la organización social, la economía y la cosmovisión de los pueblos prehispánicos. Las características topográficas permitieron la integración en cada región y la conexión con áreas vecinas.

La conquista española generó nuevas transformaciones en las sociedades. Durante el periodo colonial llegaron otras poblaciones, indígenas, africanas y europeas, cuyos saberes se integraron con los locales. La valiosa diversidad del entramado cultural de hoy es resultado de la interacción de múltiples tradiciones en este territorio a lo largo de muchos siglos.

La gente de la serranía andina

Entre el 400 y el 1600 d.C., la serranía fue habitada por sociedades agrícolas que se asentaron en los valles interandinos, altiplanicies y laderas de montaña. Estaban organizadas en cacicazgos con líderes políticos y religiosos de diferente jerarquía.

Diestros artesanos trabajaron la orfebrería, la alfarería, los tejidos y otros materiales locales y foráneos. Un intenso comercio conectaba con poblaciones vecinas de la selva y el piedemonte, y de las más lejanas llegaban objetos y bienes de prestigio.

Las investigaciones han propuesto dos áreas arqueológicas en la serranía: el área sur y el área nororiental. La primera, que abarca gran parte del nudo de los Pastos, cubre desde el río Chota, en Ecuador, hasta el río Guáitara, en Nariño. Aquí prosperó una sociedad con organización jerárquica y estructura política centralizada, que tuvo continuidad cultural durante todo el periodo prehispánico.

El área nororiental cubre desde la margen derecha del Guáitara, al suroccidente, hasta la cuenca alta y media del río Mayo, al norte, y el valle de Sibundoy, al oriente. Fue habitada por comunidades con diferentes rasgos culturales, pero con algunas tradiciones compartidas. La constante interacción con grupos vecinos se evidencia en la heterogeneidad de su cultura material.

La gente de la costa pacífica

Durante un milenio, entre el 500 a.C. y el 500 d.C., la región costera fue habitada por grupos de navegantes, pescadores y agricultores. En esta época surgieron influyentes centros políticos, económicos y religiosos, y se desarrolló una orfebrería y una alfarería especializadas: la tradición Tumaco-La Tolita.

Inguapí, Mataje y La Tolita fueron importantes focos culturales en el auge de este periodo, entre los siglos II a.C. y I d.C. Poco después, progresivamente se abandonaron las formas tradicionales de vida, y los rasgos característicos de la tradición Tumaco-La Tolita desaparecieron. No se tiene certeza sobre las razones del colapso. Algunos proponen que pudo deberse al debilitamiento del control de los caciques sobre los grandes centros políticos y ceremoniales o al surgimiento de centros locales menores.

Nuevos grupos de agricultores y pescadores, que usaban una cerámica doméstica y poco elaborada, llegaron hacia el 600 d.C. Se asentaron alejados del litoral, en la llanura aluvial cerca al piedemonte y en las selvas tropicales de las laderas de montaña. Sus descendientes fueron las poblaciones que encontraron los conquistadores españoles.