Primeros exploradores de la Mar Dulce

Primeros exploradores de la Mar Dulce

En el año 1500, una tripulación de navegantes descubrió para los europeos la desembocadura del río Amazonas. Al mando de la expedición iba Vicente Yáñez Pinzón, antiguo capitán de La Niña, una de las tres embarcaciones con las que Cristóbal Colón arribó a América el 12 de octubre de 1492. La desmesurada fuerza del río en su desembocadura impresionó a los españoles, quienes vieron que el agua dulce entraba en el océano hasta 160 km más allá de la costa. Por esta razón, el Amazonas fue bautizado como Santa María de la Mar Dulce.

Mare Aquadulcis es, en latín, el primer nombre europeo del río Amazonas, dado por Vicente Yáñez Pinzón en 1500. Mapa del cartógrafo Diogo Homem, 1558.

En 1541, el capitán Francisco de Orellana y sus huestes fueron los primeros europeos en descender por todo el río Amazonas. En un viaje accidentado e involuntario, Orellana navegó desde el río Napo, en los Andes ecuatorianos, hasta la desembocadura del Gran Río en el Atlántico. Había partido en la expedición comandada por Gonzalo Pizarro que aspiraba a encontrar el País de la Canela y El Dorado en medio de la selva amazónica. La detallada crónica de este primer viaje europeo, Relación del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana, fue escrita por el dominico Fray Gaspar de Carvajal, capellán de la expedición.

Inspirado por la crónica de Carvajal, el conquistador Pedro de Ursúa emprendió en 1560 un nuevo descenso por el río en busca de los lugares míticos de El Dorado y el País de la Canela. Las penurias del viaje, en medio de la escasez de alimentos y combates con los indígenas, generaron fricciones en la tripulación. Ursúa fue asesinado y Lope de Aguirre asumió el liderazgo de la expedición hasta alcanzar el Atlántico en 1561.

En busca de El Dorado

Las exploraciones de la conquista española mostraron a Europa que los territorios americanos eran ricos en oro, plata y cobre, metales valiosos para la economía imperial. La gloria, los títulos nobiliarios y los cargos de gobierno que se obtenían por entregar riquezas al Rey motivaron varias expediciones en busca de El Dorado, la ciudad imaginaria donde el oro se utilizaba en abundancia para las ceremonias religiosas y políticas.

Ilustración de la ciudad imaginaria de El Dorado en una obra editada por Levinus Hulsius, 1599.