La fiebre del caucho

Desde 1850, la Amazonia fue escenario de la creciente explotación del caucho con destino al mercado mundial que lo demandaba para la fabricación de neumáticos, zepelines e instrumentos de las industrias médica y bélica. El comercio del caucho fue impulsado por las nuevas embarcaciones a vapor y la apertura del Amazonas a la navegación internacional. Grandes barcos de bandera inglesa ascendieron el río y centenares de gaviolas dinamizaron un comercio ambulante a lo largo de las riberas de los ríos, el “comercio de regatón”.

Pesando el caucho en una estación cauchera sobre el río Putumayo. Imagen de The Lords of the Devil’s Paradise de Sidney G. Paternoster, 1913.

La esclavitud del siglo XX

La extracción del caucho en la selva estaba basada en el sistema del endeude: los patrones caucheros o siringalistas entregaban a los trabajadores siringueros, integrados por indígenas y por campesinos venidos de otras regiones del país, alimentos, herramientas, medicinas y ropa en “avance” por su trabajo, que éstos debían pagar con caucho, el único medio de pago aceptado por los siringalistas. En un círculo interminable, el caucho nunca igualaba el “precio real” de los bienes adelantados, definido por los mismos caucheros.Con el paso del tiempo, el ciclo se agudizaba drásticamente: al recibir más bienes por adelantado, la “deuda” de los indígenas no alcanzaba a pagarse en una sola vida y en el endeude quedaban atrapados los parientes y las generaciones siguientes.

Imagen de The North-West Amazons. Notes of Some Months Spent Among Cannibal Tribes de Thomas Whiffen, 1915.

Fotografía de Fernando Urbina.

La mano de obra indígena para la explotación da borracha —caucho en portugués—era reclutada desde un barracón o centro cauchero. Allí se congregaban los eslabones de la cadena de mando de las caucherías: los “racionales” o “blancos” eran los jefes de la explotación; los “negros de Barbados” eran los capataces, traídos por los británicos desde sus colonias; por último, los “boys” o “muchachos de servicio” eran jóvenes indígenas al servicio de las casas caucheras, intermediarios entre los siringueros y los siringalistas.

                                 Ilustraciones de los maltratos perpetrados en la Casa Arana publicadas en el diario La Felpa, 1907-1908.

La Casa Arana: el paraíso del diablo

A principios del siglo XX, el más acaudalado exportador de caucho era Julio César Arana, quien fundó en 1903 la Casa Arana, una cauchería en la localidad de La Chorrera sobre el río Igará-Paraná. Casi cien mil indígenas de las etnias uitoto, bora, andoque y ocaina, entre otras, fueron incorporados a la fuerza a la extracción cauchera y sometidos a condiciones de miseria y esclavitud hasta sufrir una catastrófica disminución de su población.

 

Julio César Arana representado como “el genio del mal” en el diario La Felpa, 1907-1908. 

Visión indígena de la Casa Arana

Los indígenas interpretaron de distintas maneras el horror de las caucherías. En algunos cantos, los caucheros aparecen asimilados a la figura de fidu, el Diablo, y reciben el apelativo de Gente Quemadora en alusión a las prácticas que utilizaban para someter a los indígenas. La Casa Arana, en su totalidad, fue pensada como una cadena de matadores que tenía su propio capitán: el gerente de la compañía. Así mismo, mientras que los “blancos” acusaban a los indígenas de practicar la antropofagia, estos últimos, de manera recíproca, los percibían como caníbales.

La historia de Yarocaamena, un capitán uitoto que se rebeló contra el dominio cauchero, es invocada como una de las principales acciones de resistencia. Después de matar con astucia a algunos caucheros responsables de la muerte de su hijo, Yarocaamena se replegó en su maloca y se enfrentó a la gente de la Casa Arana. Durante días resistió el sitio, hasta que su coca y tabaco se terminaron. La maloca fue incendiada y sus habitantes, masacrados. Se dice que Yarocaamena y algunos sabios uitotos pudieron huir y su espíritu aún se convoca en los mambeaderos indígenas.

¿Desea saber más sobre la tragedia de las caucherías y compartir la memoria de los indígenas?

La imagen de la Amazonia como una selva que devora y enloquece a sus habitantes fue frecuente en la literatura latinoamericana de comienzos del siglo XX. Alberto Rangel, en su novela Inferno verde, y José Eustasio Rivera, en La vorágine, recrearon la penuria de la vida de indígenas y caucheros, y denunciaron la injusticia social, la violencia y la demencia de la extracción de la borracha.

¿Desea saber más sobre la historia, la novela y las imágenes de La vorágine?

José Eustasio Rivera en Yavitá, 1923. Archivo José Eustasio Rivera, Universidad de Caldas

Memorias del Gran Río de las Amazonas