Patatas y electrones: ampliar la conciencia, de Lucrecio a Víctor Grippo

Por: Javier Moreno

¿Qué sucede cuando se conecta, mediante cables, un electrodo de cobre con otro de cinc (dejémoslo así en aras de la simplicidad), introducidos ambos previamente en sendas y míseras patatas? La respuesta más intuitiva es también la más simple: nada. En las obras de Víctor Grippo Tiempo (1991) así como Analogía I (1970-1971) y Analogía I, segunda versión (1977), sin embargo, un reloj digital y un medidor eléctrico, respectivamente, dejan constancia de que algo, en efecto, sí sucede: el reloj funciona, proporcionando evidencia del transcurso del tiempo; el medidor revela la intensidad de un fenómeno cuya existencia ignorábamos apenas unos momentos antes, cuando nos aproximábamos, curiosos, a la instalación.

Ante nuestros ojos, pero invisible a ellos, el cinc se oxida liberando electrones que viajan a través del cable hasta el electrodo de cobre, que sufre la reacción inversa, denominada reducción en la jerga química. Ese flujo de electrones es lo que se conoce como corriente eléctrica. Donde creíamos que no había nada, metales inertes, unas patatas y unos cables, descubrimos que un número literalmente inimaginable de partículas subatómicas viaja frenéticamente de un electrodo a otro gracias a que la patata, por su contenido de ácido ascórbico (una de cuyas variantes —el enantiómero L¬— se conoce también como vitamina C), actúa como electrolito, que es un sólido o un líquido que contiene iones. Los iones son átomos o grupos de átomos (moléculas) dotados de carga eléctrica positiva o negativa (hablaremos de los átomos más adelante). La patata no genera electricidad, sino que funciona como un elemento más del circuito. Es el conjunto o sistema (patata, cable, cinc, cobre) el que permite convertir la energía química en eléctrica. ¿Entonces la patata no hace nada más? En Analogía I, Grippo señala que, además de las propiedades alimenticias y la capacidad de sostener la producción de electricidad, siempre en cantidades modestas, la patata desempeña en sus instalaciones también otra función cuya mera formulación nos parece ya extraordinaria: ampliar la conciencia.

¿Qué sucede en la mente de un químico que se dedica al arte? ¿Cuál es la misión de la química, o de la ciencia en general? ¿Y la del arte? Desde el origen, y no vamos a discutir ahora sobre ello, la ciencia ha batallado por explicar la realidad contra las percepciones más o menos intuitivas de los hombres, el recurso a los mitos o a los dioses para describir el universo. ¿Podríamos también legítimamente llamar a eso “ampliar la conciencia”? La Tierra es plana porque vemos que es plana; el Sol gira alrededor de la Tierra porque lo vemos salir por las mañanas y ponerse por las noches; la Tierra permanece en reposo porque sentimos que no se mueve, y cuando se ponen en contacto unos electrodos de cinc y cobre en unas patatas, bueno, no vale la pena ni seguir hablando.

Lo cierto es que la Tierra es una masa más o menos esférica y no un plano suspendido en el espacio; no es el Sol quien gira alrededor de la Tierra sino al contrario; la Tierra, con nosotros a rastras, se mueve alrededor del Sol a una velocidad de aproximadamente 30 kilómetros por segundo (y no, no lo notamos); y entre los electrodos encastrados en las patatas circulan miles de millones de electrones. Ciencia contra intuición. Ciencia contra percepciones establecidas. Ciencia que busca la verdad contra el dogmatismo. Para profundizar algo más y no recurrir a ejemplos tan asimilados ya por el hombre contemporáneo como los anteriores: cuando un electrón (como los que circulan por las instalaciones de Grippo) choca con un positrón (que es como un electrón pero con carga positiva, en lugar de negativa) se convierte en un bosón Z, lo que resulta igual de intuitivo que imaginar que al chocar dos viejas locomotoras de vapor el resultado es un flamante Airbus-380. Grippo conocía esa eterna batalla de la ciencia contra la estupidez, la ignorancia, la superstición, la violencia del poder, que es también la que libró como artista para abrir fisuras, explorar las grietas de lo real, socavar el discurso dominante, erigir resistencias contra el dogmatismo de los poderosos. La tarea del artista. ¿Podríamos de nuevo legítimamente llamar a eso “ampliar la conciencia”?

Permítame el lector ahora una pequeña pero necesaria digresión antes de volver a Víctor Grippo. Entre los años 1961 y 1963, un físico, Richard Feynman, que poco tiempo después recibiría el Premio Nobel, dio una serie de conferencias en el California Institute of Technology (CalTech) que posteriormente se recogieron en un libro denominado The Feynman Lectures on Physics. El texto se ha convertido probablemente en el más popular jamás escrito sobre física y, casi al principio, Feynman asegura lo siguiente:

Si, en algún cataclismo, todo el conocimiento científico se perdiera, y solo una frase se transmitiera a la siguiente generación, ¿qué enunciado contendría la mayor cantidad de información con el menor número de palabras? Creo que sería que […] todas las cosas están hechas de átomos en perpetuo movimiento atrayéndose entre ellos cuando se encuentran a cierta distancia, pero repeliéndose cuando se les presiona uno contra otro.

Hace algo más de 2000 años, Tito Lucrecio Caro, un romano del que apenas sabemos nada, escribió un obra de una ambición extraordinaria, un largo poema de más de 7000 versos en el que, recogiendo el pensamiento del filósofo griego Epicuro, estableció lo siguiente: todo está hecho de partículas que no podemos distinguir debido su diminuto tamaño, átomos, la palabra comúnmente usada en griego para este concepto, aunque Lucrecio no la utilizara en latín; esas partículas elementales de las que están compuestas las cosas son eternas; todas las partículas están en perpetuo movimiento; todas las cosas están formadas por una combinación de esas partículas elementales; el universo no fue creado para el ser humano, ni tampoco fue creado por los dioses. Todo ello, por lo que se refiere a la naturaleza física de las cosas. Además, y por si no fuera suficiente, De Rerum Natura (Sobre la naturaleza de las cosas), que es como se titula el poema de Lucrecio, afirma que el alma muere con el cuerpo, que no existe la vida eterna, que las religiones son un engaño, e invariablemente crueles, y que el objetivo de la vida debe ser maximizar el placer y reducir el dolor del ser humano.

El texto fue desapareciendo completamente de la circulación y del pensamiento humano a medida que pasaba el tiempo y el cristianismo asentaba su dominio sobre el antiguo Imperio Romano, hasta que se desvaneció completamente de la memoria unos 400 años después de ser escrito. Durante casi 1000 años más no se volvió a hablar de él, las ideas que contenía se esfumaron y los pocos monjes que seguían produciendo copias a mano, de forma mecánica, probablemente ni entendían ni les interesaba lo que Lucrecio tenía que decir sobre el mundo.

Hasta que hace unos 600 años, en 1417, un humanista italiano, Poggio Bracciolini, descubrió un ejemplar en la biblioteca de un monasterio, comprendió el valor de lo que tenía entre sus manos y ordenó hacer una copia de uno de los pocos códices que quedaban. De hecho, el códice del que se hizo aquella copia, en concreto, no sobrevivió. Un pequeño giro del destino, unas goteras, una rata hambrienta y bien encaminada, o una alegre banda de polillas y De Rerum Natura se hubiera perdido para siempre. De la copia que hizo Bracciolini surgieron otras (se conservan aproximadamente unas 50, aunque debieron existir muchas más), el libro comenzó a extenderse y sus ideas a calar entre los humanistas en las décadas siguientes. El libro tuvo un gran impacto en Maquiavelo (el análisis de su caligrafía revela que él mismo se hizo una copia), Giordano Bruno, Galileo Galilei, entre muchísimos otros, pese a que el texto de Lucrecio encontró pronto la hostilidad de la Iglesia. Bruno pagó en la hoguera la defensa de ideas derivadas de De Rerum Natura. Ciertamente se puede predicar que el poema de Lucrecio y la hazaña de Poggio Bracciolini al rescatarlo del pozo del tiempo y la ignorancia contribuyeron de forma decisiva a asentar la modernidad del mundo y del pensamiento humano en la que aún hoy nos reconocemos. Legítimamente creo que se puede calificar aquello que sucedió hace seis siglos, en un monasterio cuyo nombre ignoramos, como “ampliación de la conciencia”, de nuevo exactamente con el mismo sentido que Grippo le daría. Este hace circular en sus instalaciones los electrones liberados de unos átomos que son los mismos que describiera Lucrecio hace dos milenios y a cuyo conocimiento preciso han contribuido después cientos de científicos desde que De Rerum Natura fuera rescatado de las tinieblas.

Hay pues, en esa batalla eterna por “ampliar la conciencia”, una tenue línea que conecta a Epicuro, Lucrecio, De Rerum Natura, Giordano Bruno, Richard Feynman, Víctor Grippo y tantos otros científicos y artistas, a veces las dos cosas a la vez: la elegancia del modelo de átomo de Niels Bohr no ha sido borrada, en el siglo XX, por la creciente complejidad de las ecuaciones que describen su funcionamiento. Una línea tenue pero tozuda, que ha permitido al hombre ser lo que es contra todas las intolerancias, las que han quemado libros y las que han quemado personas, las que han prohibido obras de arte y las que han retirado instalaciones y censurado acciones —sirva, a modo de ejemplo, Construcción de un horno popular para hacer pan, en la que Grippo repartía luego hogazas entre los viandantes, cerrada a los dos días de haber comenzado—. Y si me preguntan si esa línea tenue pero tozuda, que se remonta más de 2000 años, que nos ha permitido a nosotros ser lo que somos y poder pensar lo que pensamos, si esa línea se puede leer en las patatas y los electrones y los átomos y las cajas y las mesas y los cables de las instalaciones de Víctor Grippo de manera semejante a como se puede leer en el libro de Lucrecio, mi respuesta, honestamente, es que sí.

Bibliografía

Feynman, Richard, Robert B. Leighton y Matthew Sands, The Feynman Lectures on Physics, New York, Basic Books, 2011.

Greenblatt, Stephen, The Swerve. How the World Became Modern, New York, Norton, 2011.

Lucretius, On The Nature Of Things, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1992.

Tegmark, Max, Our Mathematical Universe, New York, Alfred A. Knopf, 2014.