Kentridge mentor

En el marco del programa "Mentor y Discípulo" (2012-2013), de Rolex, William Kentridge recibió en su estudio de Johannesburgo al artista colombiano Mateo López. Durante un año, ambos artistas trabajaron con el objetivo de ampliar sus nociones sobre lo que significa ser un artista. A continuación, publicamos dos textos en donde se rememoran estas jornadas: la crónica "William Kentridge y Mateo López: Fuera de la zona de confort", por: Amei Wallach; y la crónica  desde el punto de vista de Mateo López, "Un destape artístico en Bogotá".

William Kentridge and Mateo López, Visual Arts, 2012-2013 from Rolex Mentors and Protégés on Vimeo.

"Mateo tiene formación de arquitecto y dibuja como tal. Puede ser bueno contar con esa herramienta tan fina y precisa, pero creo que sería útil pensar de una manera diferente, más áspera, y hacer algo desordenado. A largo plazo se debe permitir que la vulnerabilidad del yo sea parte del trabajo. Así que lo he motivado a dibujarse a sí mismo mientras camina y a actuar frente a una cámara. Dibujarse a uno mismo caminando en un libro animado es un buen comienzo, pues te brinda todas las imágenes suplementarias que pueden expandir lo que eres y lo que estás pensando. A partir de ahí puedes construir un rico vocabulario para seguir trabajando: aquí hay otra cosa que nunca había dibujado u otra cosa que nunca había pensado. Hay que abrir el trabajo si vas a estar activo por unos treinta o cuarenta años más".
William Kentridge

WILLIAM KENTRIDGE Y MATEO LÓPEZ: Fuera de la zona de confort

POR: AMEI WALLACH [1]

FOTÓGRAFO: MARC SHOUL

Trabajando al lado de William Kentridge en su estudio, su discípulo Mateo López aprende a deshacer su riguroso entrenamiento de dibujante y a crear arte con las manos en vez de la cabeza. Con la ayuda de su maestro, López descubre cómo la creatividad proviene de la aceptación del caos.

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Mateo López conoció al gran artista sudafricano William Kentridge en febrero de 2012. López era uno de los tres finalistas de la Iniciativa Artística Rolex para Mentores y Discípulos de la firma relojera Rolex, un programa que permite a artistas prometedores trabajar durante un año bajo la guía de maestros reconocidos. Cuando el joven artista colombiano llegó al estudio de Kentridge en Johannesburgo, los demás finalistas ya se habían ido.

López llegó a su entrevista con el maestro con cinco días de retraso. «Me sentía muy mal», recuerda. «Tenía problemas con la visa. Sudáfrica no tiene embajada en Colombia, así que tuvieron que enviar mi pasaporte a Venezuela. Fue un desorden y la visa llegó una semana tarde. Pero finalmente creo que fue el destino, porque pude pasar más tiempo a solas con William».

El estudio de Kentridge está situado frente al césped y los macizos de flores que rodean su casa en Johannesburgo, el lugar donde creció y donde continúa viviendo con su familia. En la alta y blanca habitación principal del taller, en cuyas paredes cuelgan dibujos sin terminar, grabados y experimentos narrativos, Kentridge puso a López en la tarea de dibujar algunos de los objetos que aparecen como personajes recurrentes en su repertorio: un caballo y un teléfono de disco anticuado. López copió cada objeto con el trazo meticuloso que había aprendido en sus estudios de arte y arquitectura en Colombia. «Entonces William dijo: “ahora vamos a romper los dibujos”», recuerda López todavía con asombro.

Con los fragmentos de papel, que quedaron de los dibujos de López —y de sus propios dibujos—, Kentridge hizo una escultura-collage tridimensional de un caballo saltando. «Para mí esto fue radical», dice López. «Fue como si se abriera una puerta hacia otra forma de trabajar».

Fue entonces cuando Mateo López comprendió que el Programa Rolex desafiaría su forma de ver el arte y la vida. En sus vidas y sus formas de trabajar, Kentridge y su pupilo parecen un estudio en contrastes, y esto ha marcado profundamente su dinámico encuentro.

«Soy muy tímido», dice López, «muy retraído». Detrás de sus sonrisas y su cortesía, Mateo López es reticente y reservado.  Cuando más se acercó a romper este caparazón fue para el video que envió al postularse al Programa Rolex, al dibujarse a sí mismo dibujando. Los dibujos lo representaban hablando sobre los temas de su obra y la serie de exposiciones que lo ha marcado como un artista interesante y prometedor en la escena internacional.

A veces, López recorta sus dibujos controlados y precisos por los contornos. En su instalación Viaje sin movimiento (Travelling without Moving) —la pieza principal de la exposición Un viaje de aquí hasta allá (A Trip from Here to There), que fue presentada a comienzos del 2013 en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York— se tomó el trabajo de articular con claridad cada una de las pequeñas salpicaduras que se desprendían de las diminutas manchitas dibujadas con tinta y que atraían la mirada entre las macetas para plantas hechas de latas desechadas, los modelos a escala de estaciones de tren y las vides de papel recortado que adornaban libros y sillas.

«Mateo tiene una precisión asombrosa», dice William Kentridge. «Cuando está recortando algo, todo el mundo en el estudio viene a mirar».

Kentridge posee la soltura inquieta y la presencia atenta de alguien dedicado a las artes escénicas. Este sudafricano —maestro del dibujo, la animación, la escultura, el performance, el video, el cine, el teatro y la dirección de arte y escénica para producciones de ópera— es una figura llamativa en la pantalla o en el escenario, siempre vestido con el pantalón negro y la camisa blanca que luce también en su estudio en Johannesburgo. Con o sin sus anticuados quevedos —que suele empuñar como si fueran un objeto de utilería en una producción escénica— sus ojos receptivos, debajo de cejas grises y desgreñadas, lanzan miradas penetrantes o se repliegan en la reflexión. Su curiosa sonrisa se apaga cuando toma una pluma o un lápiz de carboncillo y comienza a realizar gestos amplios con su brazo y su mano.

López, en cambio, mantiene el lápiz cerca de su brazo al reproducir sus líneas minuciosas, esconde sus ojos detrás de unas gafas de aspecto conservador, observa y reflexiona silenciosamente, y luego dibuja.

Loa dibujos animados de Kentridge pueden cambiar de rumbo por un pensamiento evanescente o un sentimiento vago. Su línea serpenteante no solamente acumula significado al rizarse y desplegarse para representar un gato, una máquina de escribir, un hombre de negocios en traje de rayas, un teléfono o una cuna de gato hecha de cables enredados. Sus dibujos también crean significado a través de las relaciones que elabora, de las historias que emergen de lo que Kentridge llama «la actividad de hacer». El proceso de atrapar el significado —mientras se transforma en otros significados, otros interrogantes, otros reconocimientos— es lo que le interesa en la creación artística.

Para López el significado es el punto de partida. «Soy un artista de una generación que tiene una aproximación bastante conceptual a la práctica artística», dice. López comienza con una idea grande, que a menudo tiene que ver con el tiempo, la memoria y las fronteras porosas entre la realidad y la ficción. «Cada paso que das viene de un concepto». Partiendo de ahí, planea de manera exhaustiva los dibujos e instalaciones que le ayudarán a explorar su idea.

Cuando los dos artistas se encontraron en 2012, Kentridge se estaba preparando, a su manera, para las seis conferencias Norton que estaba invitado a pronunciar durante la primavera en la Universidad de Harvard. Kentridge concibió sus conferencias como «Seis lecciones de pintura» (Six Drawing Lessons) donde los fragmentos de papel rasgado, que sus manos transforman en distintas siluetas-collage de caballos en movimiento, serían esenciales.

Kentridge adaptó las conferencias Norton a sus propios propósitos y las presentó como una reflexión-performance, con orquesta y todo, en la cual él era, al mismo tiempo, pensador cósmico, comediante y artista-investigador en su estudio. Los fragmentos de papel mutantes, proyectados en una pantalla de video detrás de él, se convirtieron en el hilo conductor de la presentación. «Esto es lo que hace un artista: toma los pedazos, los fragmentos, y los reorganiza», dijo en su última charla. «El significado está siempre en construcción, es una proyección, no una estructura terminada, es algo que se debe hacer, no encontrar. Hay siempre una incoherencia y una inestabilidad radicales».

Durante ese mes de febrero, López fue testigo del ritmo de trabajo en ese estudio «multitareas», donde Kentridge preparaba las conferencias mientras maniobraba simultáneamente colaborando en otros proyectos cuyos temas, estrategias y actividades se relacionarían e intersectarían con las conferencias y entre ellos mismos.

Para Documenta 13 en Kassel, Alemania, Kentridge había intercambiado historias con el historiador de la ciencia y filósofo Peter Gallison, acerca de las invenciones modernas, la estandarización del tiempo y el efecto que ambas cosas han tenido sobre el colonialismo.

Esta colaboración se transformó en The Refusal of Time (La negación del tiempo), una instalación monumental que incluía cortometrajes y animaciones, además de una «máquina de Rube Goldberg» (un aparato excesivamente elaborado y complejo pero que realiza una tarea muy simple) como una escultura sonora.

Por otro lado, las colaboraciones de Kentridge con Gallison, con el bailarín Dada Masilo, el compositor Phillip Miller y la directora de videos Catherine Meyburgh se convirtieron en el performance Refuse the Hour (Rechaza la hora).

Mateo López vio todas estas obras. Viajó a Cambridge, Estados Unidos, para oír dos de las conferencias Norton, a Kassel, Alemania, para La negación del tiempo y a Ámsterdam, Holanda, para Rechaza la hora, donde Kentridge trató de interesarlo en el arte del performance. ¿Actuar en público? No estaba en su ADN.

En vez de eso, López propuso un diálogo en dibujos, donde cada artista respondería al otro con dibujos, como ya lo había hecho con José Antonio Suárez Londoño, un artista colombiano más maduro y establecido. No era precisamente lo que Kentridge tenía en mente.

«Supuestamente lo interesante de ser un discípulo en este programa es que quieres una expansión, quieres nuevos pensamientos y formas de trabajar», dice. Finalmente acordaron que López pasaría gran parte del mes de noviembre trabajando en Johannesburgo.

Mientras tanto López, acostumbrado a trabajar solo, reflexionaba acerca del ajetreo y el espíritu de colaboración que había presenciado en el taller de Kentridge. Para Kentridge, el contacto fácil con artistas provocativos de diferentes disciplinas artísticas era muy buena razón para quedarse en Johannesburgo, a pesar de su fuerte demanda internacional. En el ejemplo de Kentridge, López encontró una justificación para su propia decisión de quedarse en Colombia, un país que comparte con Sudáfrica una historia violenta. «William y yo venimos ambos de situaciones de conflictos sociales», dice.

López no quiere enfrentarse directamente a la historia de su país, como lo hizo la generación anterior, pero ésta sigue ahí presente, iluminando los temas y las posibilidades de su obra. En Londres no había podido encontrar un relojero capaz de elaborar un mecanismo que hiciera que su reloj de papel se moviera al revés, aludiendo a sus temas de memoria y tiempo, de «ir hacia atrás». Esto no fue un problema para los relojeros de Bogotá, donde todo el mundo está acostumbrado a arreglárselas, entre turbulencias y privaciones. «Estamos muy acostumbrados a improvisar», anota López.

Pocos meses después de iniciar su año como discípulo de Kentridge, López completó Avenida Primavera, Casa No. 2, una instalación de habitaciones concebida como un libro de dibujos, a menudo tridimensionales, en el cual se podía entrar. Siguiendo una pista del trabajo en taller de su maestro del Programa Rolex, buscó colaboradores para experimentos con sonido (ruido ambiental del apartamento donde vivía) y olores (el aroma de papel viejo). «Mis conversaciones con William influenciaron toda mi exposición», dice.

Cuando envió a Kentridge fotografías de la instalación, recibió una crítica poética y también la observación de que estas habitaciones se podrían usar como decorados para un performance.

Entonces, a comienzos de noviembre, durante casi un mes y medio, López se mudó al estudio de Kentridge en Johannesburgo. Durante la primera semana Kentridge le mostró sus técnicas de animación y le dio una pila de páginas de un viejo Diccionario Oxford de inglés para dibujar encima. Kentridge tenía su propia pila de páginas de otro diccionario idéntico. Cada uno tenía que hacer dibujos autobiográficos caminando. Estos dibujos podrían convertirse en películas separadas o en un proyecto común.

«En lugar de decir: “de esta manera se puede hacer una película animada”, uno empieza a hacer realmente una película animada, y piensa en cómo sería incluirse a sí mismo en la película», dice Kentridge. «¿Qué tan contundente podría ser? Creo que para Mateo sería útil hacer algo desordenado, algo menos preciso».

Esta forma de trabajar en colaboración cercana es un juego delicado para un maestro y un discípulo, pero Kentridge y su esposa, la reumatóloga Anne Stanwix, hacen gala de una gran generosidad que cobija a un amplio círculo de amigos y familiares. Los esfuerzos de Kentridge por atender bien a su joven compañero de taller incluyeron un viaje en carro a toda velocidad a través de Johannesburgo, para llegar a tiempo a una fundición de bronce y que López presenciara el proceso por primera vez en su vida.

Una semana después de la llegada de López, Kentridge se fue de gira por Europa con su performance Refuse the Hour (Rechaza la hora). López se quedó en el estudio, creando un dibujo tras otro y filmándolos desde arriba. Se dibujó a sí mismo caminando, pero también dibujó cuadrados de colores, diagramas científicos de manos y un reloj cuyos números se caían formando una pila y luego se alejaban volando. Almorzaba con Stanwix o con personas del equipo del estudio, en la cocina de la casa de Kentridge.

Una húmeda tarde de diciembre, después de su retorno, el maestro se detuvo ante la mesa donde López añadía carboncillo a una nube de humo que se elevaba detrás de su dibujo de una figura caminante.

Kentridge observó por un momento. «Yo seguiría trabajando: borra y añade significado. A ver qué tan lejos puedes llegar», dijo. «No tienes nada que perder».

«Si lo oscurezco más, desaparece», protestó López. «No pasa nada», insistió Kentridge. «A ver qué sucede si se vuelve totalmente negro. Ahora está bien nítido. Prueba con una brocha, con carboncillo grueso, borradores. Tienes que ir mucho, mucho más lejos».

De regreso a su estudio en Bogotá —con un patio rodeado de paredes y una cocina en construcción—, al cual espera atraer otra clase de artistas y artesanos, López se sentó en su propia mesa de dibujo para hacer planos y diagramas precisos de las peinillas y vajillas de papel, los sillones y lámparas que usaría para amoblar su Casa desorientada, una casa flotante que hizo en colaboración con el arquitecto Lucas Oberlaender para Art Basel en 2013.

«Entiendo la sugerencia de William, pero trata más del proceso que del resultado final. Se trata de sacarme de mi zona de confort», dijo López. «Puedo trabajar de forma desordenada, pero no es lo mío. Gracias a nuestras conversaciones comprendí que podía tratar de no controlar demasiado, de crear algo a partir del caos. Es interesante».

Puede que el dibujo desordenado no esté en el ADN de Mateo López, pero, después de todo, probablemente el performance sí lo está. Junto a sus colaboradores ha improvisado una pieza de performance basada en su colección de vinilos de salsa, una evidencia musical de las conexiones históricas y raciales entre Colombia y Sudáfrica. En el performance hay video, también animaciones. Pero ante todo, aparece Mateo López, allí frente al público, creando significados.

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[1]

Crítica de arte y directora de cine radicada en Nueva York. Es presidenta emérita de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA, por sus siglas en francés).