Manizales, arquitectura republicana y bahareque

Cuando se asciende por la vía que viene del Valle del Cauca hacia la “Ciudad de las alturas”, Manizales se divisa entre planos de montaña y un paisaje pintado en azules. La capital de Caldas se asienta sobre laderas y lomas, un horizonte donde sobresale la aguja de la catedral. Es difícil imaginar que tal extensión de terreno construido da testimonio de los múltiples acontecimientos a los que ha tenido que sobreponerse, tales como los incendios de 1922, 1925 y 1926, además de varios temblores y la continua amenaza de un volcán activo que, a veces, ensombrece la atmósfera circundante.

Como lo señala el escritor Juan Bautista Jaramillo Meza al referirse a la reconstrucción de Manizales, “[...]los sucesos que dejaron semidestruida la ciudad, dieron paso, a su vez, a un proceso de modernización mediante la utilización de nuevos criterios, materiales y estilos en la construcción”. 1 Por tanto, y en aras de contextualizar los hechos, es preciso indicar que el periodo republicano o de "arquitectura de los bahareques" (como también se le conoce), tuvo lugar entre 1885 y 19402  y se potencializó a partir de los hechos aciagos y la necesidad de superarlos. En palabras de Jorge Robledo Castillo:

[…] [La ciudad] se reconstruyó con la llamada arquitectura republicana, el nombre que recibió en Colombia la influencia arquitectónica historicista del siglo XIX. Con los recursos económicos originados en el auge comercial y cafetero de esos días y el concurso de especialistas norteamericanos, franceses, italianos y nativos que ejercieron aquí, se desarrolló el primer plan de renovación urbana de la historia de una república que tenía mucho de pastoril. Unos servicios públicos modernos y casi treinta manzanas de palacetes, que satisfacían los sueños europeizantes de la dirigencia regional y nacional, impresionaron durante lustros a propios y extraños.3 

Al partir de este contexto de florecimiento urbano quedan dudas a la hora de definir exactamente el estilo arquitectónico que surgió con semejante mixtura. En ese entonces se escogieron múltiples elementos sin criterio preestablecido, provenientes de diferentes estilos arquitectónicos, y se asumió el riesgo de un resultado indeterminado, puesto que se ignoraba si tal composición era compatible; sin embargo, el resultado fue extraordinario, tal como lo describe el profesor Robledo Castillo:

Tanto se hizo y de tanta calidad, que los edificios republicanos del Centro Histórico de Manizales, incluidos los muchos que existen de bahareque, fueron declarados patrimonio nacional. Allí quedan decenas de fachadas organizadas bajo una estricta paramentación, alturas similares, manejos simétricos, áticos y abundantes ornamentaciones con estilos neoclásicos, neogóticos, neobarrocos, art decó, art noveau, entre otros, y hasta algunas menos decoradas que hicieron amable transición hacia los estilos que las sucedieron. Si bien cada edificio puede disfrutarse en sí mismo de acuerdo con sus particularidades formales y el desparpajo con que se mezclaron las diversas influencias, a la arquitectura republicana manizaleña la distingue que sea el mayor conjunto de este tipo existente en el país.4 

Para entender la técnica del bahareque, en cuanto estilo, vale la pena apoyarnos en el siguiente texto del arquitecto Hernán Giraldo Mejía:

La presencia secular de la técnica del bahareque, como uso consecutivo y particular con diferentes maderas, bambúes o cañas, y otros materiales complementarios, puede definirse como un estilo perteneciente a un territorio determinado. Este estilo viene siendo enriquecido, a través de los tiempos, dando como resultado momentos o épocas de acuerdo con varias circunstancias ambientales, antropológicas e históricas, experiencias naturales y culturales, que pueden ser asimiladas entonces, en el caso del territorio del paisaje cafetero, como un estilo, y reconocido por extensión de uso como “la arquitectura del bahareque”.5 Así las cosas, la práctica continua del uso del bahareque en la ciudad de Manizales se hizo significativa al generar un estilo propio, el de los “bahareques”. Como lo dijo el arquitecto Giraldo Mejía, los estilos en el tiempo marcan tendencias que caracterizan a una época y, más adelante, permiten reconocerla por el uso reiterado de ese estilo. Es el caso de Manizales y, por extensión, de Caldas, donde, a finales del siglo XIX y principios del XX, el uso del bahareque fue tan habitual en la construcción que se convirtió en estilo; lució como tal y, a la vez, estableció una época, la republicana.

Lo anterior adquiere una nueva connotación en relación con la información que está incluida en las fichas de la Colección Patrimonio Arquitectónico de Manizales. En ellas se incorporaron datos como el de "época" (republicana) y el de "estilo" (bahareque); éste último, a su vez, se clasificó de acuerdo con las características de uso del bahareque (mixto, metálico, de tierra, madera, etc.). La clasificación de estos datos se basó en una percepción descriptiva del estilo, prestando atención a los elementos tomados de las tendencias europeas.

Como resultado de la búsqueda de mejores condiciones de vida, las tecnologías usadas para solucionar las necesidades de cobijo del pueblo manizaleño ocuparon un lugar en la historia desde el período precolombino. Entre el siglo XIX y XX, los trabajadores de la construcción hicieron énfasis en el uso de los materiales y sus variadas mezclas y combinaron los saberes ancestrales con las costumbres heredadas de los caldenses, mixtura que continuaron y perfeccionaron a través del tiempo, luego de incendios y sismos, cuando las edificaciones fueron erigidas de nuevo en bahareque y se convirtieron en formas de expresión características y auténticas.

Cabe preguntarse si conceptualmente los manizaleños solo buscaron que su ciudad fuera bella, distinguida y con edificios resistentes a incendios y temblores o si quisieron ir más allá de levantar a la ciudad de las cenizas. Quizás no medió un propósito claro con el uso del bahareque, sobre todo por la manera como se fue enriqueciendo y optimizando la resistencia de este material a medida que, como producto de la industrialización, se le iban adicionando nuevos elementos llegados de los mercados extranjeros. De todas maneras, todo ello generó rasgos manifiestos de autenticidad, con lo que podríamos estar hablando de un estilo auténticamente colombiano que, como hecho relacional, según el filósofo B. G. Yacobi,6 se configura a través de las relaciones con el mundo externo.

El auge del bahareque ha sido el resultado de un proceso relacional entre los habitantes y el medio ambiente local, como lo evidencia el uso de materiales nativos de la región, como la guadua, maderas, tierras. Así también, se usan conocimientos provenientes del extranjero, como lo muestra la construcción con materiales raizales ya usados para construir en otras partes del mundo, además de los nuevos materiales de producción industrial de comienzos del siglo XX.

Como anota el profesor Robledo Castillo, en referencia al caso de Manizales, el bahareque no cabe en los términos de María Moliner, quien lo define como “muros de cañas y tierras”.7 Para acercarse a un concepto más completo del mismo, hay que tener en cuenta otros tipos de bahareque que se han generado, tales como: el bahareque de tierra, metálico, de madera, encementado, y mixto, entre otros. El mismo autor también hace mención a la evolución del “bahareque manizaleño” como un gran fenómeno constructivo con características únicas, que no tendría comparación con otro en ningún lugar del mundo.

Por lo anterior, es necesario describir de forma más amplia la tecnología del bahareque, dado que ella combina la guadua con diversos materiales y se ha caracterizado por emplear variadas e ingeniosas mezclas de materiales orgánicos que proceden del contexto inmediato donde se realiza la obra. Según Fernando Macías Vásquez,8  la construcción con bahareque comprende varias fases: la horconadura (armazón con guaduas clavadas sobre el terreno a manera de columnas), el encañado (latas o varillas de guadua amarradas con bejucos, dispuestas de modo horizontal o vertical conformando un cajón) y el embutido y empañetado (relleno de barro o materiales orgánicos). También afirma que “se pueden observar rellenos que van desde mazorcas de maíz (tusas) hasta piedras menudas, cáscaras de coco, restos de canastos, pedazos de ollas de barro, pelotas hechas de fibras vegetales y barro y huesos de animales (...)”.9 Aunque en términos generales el relleno más conocido para las paredes de bahareque ha sido elaborado con mezcla de barro (tierra arcillosa), paja (fibra vegetal) y boñiga (cagajón o excremento de caballo o de vaca); ésta última, muchas veces era apisonada por animales, lo cual mejoraba su agarre y flexibilidad en aras de obtener una mayor resistencia estructural en la construcción.

El uso del bahareque integra el proceso constructivo con el ecosistema local a través del uso de la guadua, una planta gramínea del bosque andino que se reproduce fácilmente en la región caldense.10 Además, optimiza las técnicas tradicionales, caracterizadas en su mayoría por el uso de materiales orgánicos y de otros reciclables; favorece el hábitat del ser humano por las infinitas posibilidades de diseño que presenta, y beneficia la preservación del medio ambiente del planeta por la función práctica y vital que desempeña. Macías Vásquez se refiere a las facultades del bahareque como un proceso atinente al concepto de bioarquitectura, es decir, la integración respetuosa del diseño y la construcción con el sistema biológico al que se pertenece:

La arquitectura y construcción con tierra ofrecen un conjunto sistémico de posibilidades técnicas que integra otros usos ecológicamente correctos al ser empleadas energías limpias, maderas de reforestación, reaprovechamiento de aguas, etc. El rescate de esas técnicas artesanales, de la mano con tecnologías apropiadas, optimiza los resultados de fabricación y crea un carácter industrial, agregando valor al patrimonio común y contribuyendo a minimizar el injusto prejuicio que algunos tienen contra ellas. La comodidad técnica generada por las estructuras en tierra cruda es imposible de obtener con otros materiales, logrando por este medio contribuir al ahorro de energía y, por consiguiente, a la preservación del medio ambiente.11 Es de destacar que un buen número de los edificios de la zona del Centro Histórico de Manizales conserva sus muros armados con maderas y guaduas y, aunque su apariencia denote el uso de concreto o mampostería de ladrillo, sus revoques fueron construidos en arena y cemento, es decir, en bahareque encementado, lo que fue posible gracias al transporte de este tipo de materiales a través del cable aéreo y el ferrocarril. Estas edificaciones del Centro Histórico son muestra de arquitectura tanto popular como académica, como se evidencia en la recopilación de fichas arquitectónicas bajo el rotulo “Estilo”, en el que se marca el estilo de bahareque, en este caso el encementado. Un modelo de lo anterior se puede apreciar en la Calle del Tango, en el predio ubicado en la carrera 23 n.° 24-17 (Fotografía: "Centro #65"). Es importante destacar que hay múltiples ejemplos de este estilo en la recopilación de fichas, como se pone de manifiesto en los siguientes capítulos de la presente investigación.

Fotografías
Colección Patrimonio Arquitectónico de Manizales (1989 - 1993) 
Fotografías
Google Maps (2010-2014) 
Calle del Tango Calle del Tango
Centro #65
Colección Patrimonio Arquitectónico de Manizales
 
Calle del Tango
Google Maps

 

Referencias

1 Juan Bautista Jaramillo Meza, Estampas de Manizales (Manizales: Imprenta del Departamento. 1951), 71. . Volver arriba

2 Hernán Giraldo Mejía, “100 años de arquitecturas caldenses —Apuntaciones—”, en Caldas 100 años: Historia y cultura 1905-2005 (Manizales: Editorial La Patria, Gobernación de Caldas, Industria Licorera de Caldas, 2006), 230-273. . Volver arriba

3 Jorge Enrique Robledo Castillo, “Su arquitectura”, en Manizales: fin de siglo, ed. por Matilde Santander Mejía y Germán Velásquez Ángel (Manizales: Editorial Colina, 1994), 70. . Volver arriba

4 Robledo Castillo, “Su arquitectura”, 70. . Volver arriba

5 Giraldo Mejía, “100 años de arquitecturas caldenses —Apuntaciones—”, 233. . Volver arriba

6 B. G. Yacobi, “Elementos de la autenticidad humana”, acceso el 15 de noviembre de 2015, http://www.philosophytogo.org/wordpress/?p=1947&lang=es . Volver arriba

7 María Moliner, Diccionario de uso del español, 2v. (Madrid: Editorial Gredos, 1998). . Volver arriba

8 Fernando Macías 11 Vásquez, “¿Qué es en definitiva el bahareque?”, en Bahareque en Manizales, editado por Jorge Enrique Robledo Castillo y Pedro Felipe Hoyos Körbel (Manizales: Hoyos Editores. 2015). . Volver arriba

9 Macías Vásquez, “¿Qué es en definitiva el bahareque?”, 89. . Volver arriba

10 También denominada Bambusa guadua o Guadua angustifolia. . Volver arriba

11 Macías Vásquez, “¿Qué es en definitiva el bahareque?”, 104. . Volver arriba