El camino a la abstracción

A principios de la década de los cincuenta, Leo Matiz decidió retornar a Bogotá, ciudad que había dejado ocho años antes. A su regreso, entró rápidamente en contacto con el círculo intelectual y artístico capitalino.  Con el renombre que se había granjeado como fotógrafo internacional, se aventuró en el mundo del mercado del arte e inauguró en 1951 Galerías de Arte Leo Matiz, en el número 5-61 de la avenida Jiménez, donde un piso más arriba tenía su estudio fotográfico. Su nuevo papel como galerista lo consolidó como un hombre de vanguardia en el panorama artístico local, además de que lo vinculó a una generación de artistas que se estaban constituyendo al margen del modelo nacionalista.

La primera exposición en la galería fue una muestra del joven artista Fernando Botero, quien para ese momento tenía 19 años y acababa de llegar a Bogotá. La experiencia de Matiz en México había enriquecido su mirada, y su contacto con artistas de la talla de Rivera, Alfaro Siqueiros y Orozco atraía aun a las nuevas generaciones del arte colombiano, que lo veían como un referente de la modernidad artística.

Durante el periodo comprendido entre las décadas de los cincuenta y setenta, la actividad de Leo Matiz transitó entre Colombia y Venezuela. En estos años, su producción se vio influenciada en gran medida por los trabajos que le comisionaban importantes instituciones para las cuales trabajaba. Es así como, desde los primeros meses de 1952, Leo Matiz entró a formar parte del equipo de la revista Lámpara. El objetivo de esta publicación, financiada por la International Petroleum (Colombia), Intercol, la Esso Colombia S.A. y la Andian National Corporation, era posicionar la industria petrolera en el país. La revista, de distribución gratuita, reunía a un selecto grupo de colaboradores, entre los cuales se contaba a los más destacados intelectuales y artistas del momento, como por ejemplo el entonces editor de la publicación, Álvaro Mutis; el escritor Gabriel García Márquez y los artistas Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Eduardo Ramírez Villamizar y Ómar Rayo, quienes colaboraron como ilustradores. 

En el trabajo realizado para Lámpara, especialmente entre los años 1952 y 1953, se evidencia la transformación de la obra de Matiz, que poco a poco dejó de privilegiar la exclusividad de la figura humana, tan presente en su producción de los años mexicanos. Sus fotografías empezaron a representar principalmente elementos formales, imágenes que pueden ayudar a comprender la deriva de su trabajo hacia la abstracción. En ellas, Matiz creó un universo autónomo de líneas, superficies y composiciones que aíslan por completo el objeto o el motivo de su contexto original. En este sentido, el advenimiento de la abstracción en su obra se inscribe en el auge de la industria moderna. Es así como las líneas de producción de las fábricas contenían en sí mismas la promesa de una abstracción del mundo que la agudeza del fotógrafo no dejaba perder.

Las fotografías —denominadas “composiciones abstractas”—, tomadas en su mayoría durante los viajes de Matiz entre Colombia y Venezuela, se encuentran con la influencia del contexto artístico del país vecino entre los años cincuenta y setenta. Para este periodo, la ciudad de Caracas se había convertido en el epítome de la modernidad,  gracias a la aparente prosperidad económica generada por las ganancias que producía el petróleo. El gobierno venezolano incentivó en ese contexto manifestaciones artísticas que dieron al país un semblante modernista, a través de proyectos tan ambiciosos como la Ciudad Universitaria, del arquitecto Carlos Raúl Villanueva, y el apoyo a la creación artística de la época, protagonizada por Jesús Rafael Soto, Carlos Cruz-Díez y Alejandro Otero. Todo este ambiente permeó la obra de Leo Matiz, que se nutrió con este contenido visual y cultural, produciendo una transformación orientada a la abstracción en el trabajo del fotógrafo.